UN SEGUIDOR DE GÓNGORA, ORIUNDO DE BAENA[1]: MIGUEL COLODRERO DE VILLALOBOS (1608-)1660?).

 

ANTONIO CRUZ CASADO

IES “Marqués de Comares”. Lucena

 

            El anatema de Menéndez Pelayo sobre la poesía gongorina, y en especial sobre la de Miguel Colodrero, ha propiciado que apenas se hayan llevado a cabo estudios sobre este poeta baenense, de la misma manera que se carece de una edición actual. La inquina contra el barroco por parte del influyente sabio santanderino no tuvo en ningún momento la necesaria rectificación, no cantó la palinodia como hizo en otras ocasiones, por ejemplo, con respecto al romanticismo alemán[2]. De esta forma considera un poema que nos parece tan fundamental como Las Soledades en los siguientes durísimos términos: "Góngora se había atrevido a escribir un poema entero, sin asunto, sin poesía interior, sin afectos, sin ideas, una apariencia o sombra de poema, enteramente privado de alma. Sólo con extravagancias de dicción intentaba suplir la ausencia de todo, hasta de sus antiguas condiciones de paisajista. Nunca se han visto juntos en una obra tanto absurdo y tanta insignificancia. Cuando llega a entendérsela, después de leídos sus voluminosos comentadores, indígnale a uno más que la hinchazón, más que el latinismo, más que las inversiones y giros pedantescos, más que las alusiones recónditas, más que los pecados contra la propiedad y limpieza de la lengua, lo vacío, lo desierto de toda inspiración, el aflictivo nihilismo poético que se encubre bajo esas pomposas apariencias, los carbones del tesoro guardado por tantas llaves. )Qué poesía es esa que, tras de no dejarse entender, ni halaga los sentidos, ni llega al alma, ni mueve el corazón, ni espolea el pensamiento, abriéndole horizontes infinitos? Llega uno a avergonzarse del entendimiento humano cuando repara que en tal obra gastó míseramente la madurez de su ingenio un poeta, si no de los mayores (como hoy liberalmente se le concede), a lo menos de los más bizarros, floridos y encantadores en las poesías ligeras de su mocedad"[3]. Termina diciendo que las Soledades es una obra baladí y execrable.

            Y sin embargo, Góngora, que acaba de traducirse hace poco tiempo al japonés[4] (datos bibliográficos e indicar que tal obra bien merecería que nuestra academia nombrase correspondiente a su autora), tiene la consideración entre la crítica actual de ser "uno de los grandes poetas del mundo, no sólo de España", como decía Cervantes en feliz frase aplicada en su momento al lucentino Barahona de Soto (Quijote, I, 6). Para Menéndez Pelayo los seguidores del genial poeta cordobés tienen incluso peor consideración, como es de esperar, y al respecto dice del poeta de Baena: "Colodrero de Villalobos era un culterano furibundo, y en sus obras nada hay de tolerable, salvo algunos epigramas"[5].

Claro que Menéndez Pelayo no es más que la última fase de una línea de tendencia clasicista, horaciana, que tiene precedentes abundantes en toda la crítica anterior, incluso en el mismo momento en que se está produciendo la obra gongorina. En este sentido hay que recordar también la opinión contraria de otro crítico decimonónico, Bartolomé José Gallardo, que afirma, refiriéndose igualmente a Colodrero: "Como joven y paisano, y convivo de Góngora, fue de los más fanáticos sectarios de este heresiarca de la poesía. Su lenguaje es gongórico; sintaxis enhetrada[6]; voces exquisitas y nuevas, de su propio cuño"[7].

Conocemos hasta cuatro obras editadas del poeta baenense[8], aunque en la última de ellas parece indicar que ha editado cinco: "Ésta que de mis obras impresas es a dos visos la quinta", señala[9] en la dedicatoria al Conde de Cabra. Sus libros conocidos son los siguientes: Varias rimas, impreso en Córdoba, por Salvador de Cea Tesa, en 1629; El Alfeo y otros asuntos en verso, ejemplares algunos, impreso en Barcelona, por Sebastián y Jaime Metaud, en 1639; Golosinas del ingenio, editado en Zaragoza, por Pedro Lanaja, en 1642, y Divinos versos o cármenes sagrados, que vio la luz igualmente en Zaragoza, por los herederos de Pedro Lanaja, en 1656. Frente a estos datos reales, ignoramos prácticamente todo lo demás[10]; la fecha de su nacimiento se sitúa en Baena, en 24 de mayo de 1608 fue bautizado en la Parroquia de San Bartolomé, según la mayoría de los críticos que le han concedido alguna atención[11], y en el año 1611, según algún otro[12], y la fecha de su muerte, hacia 1660, o después, se apunta solamente como probable[13].

            Por razones de tiempo, nos dedicaremos sólo a examinar de manera sucinta su primera obra, la que aparece en Córdoba, sólo dos años después de la muerte de Góngora, cuyo estilo sigue, aunque en los libros restantes encontramos diversas composiciones de interés para esta ciudad de Baena y para algunos otros pueblos de esta comarca. Entre ellas se pueden mencionar el soneto "A un amigo habiendo muerto un ciervo en un sitio que llaman la boca Horquera" (f. 26 v), "A la muerte del señor don Gonzalo Fernández de Córdoba" (f. 30 v.),  "Habla con el lector en un suceso que tuvo el poeta viniendo de Granada" (f. 88 r.),  (todas las anteriores del Alfeo), "En el túmulo a la Excelentísima Señora Dña. Isabel Fernández de Córdoba y Figueroa, Condesa de Cabra" (f. 16 v.), "Al excelentísimo Señor Conde de Cabra, en muerte de la Excelentísima Señora Doña Isabel de Córdoba y Figueroa, Condesa de Cabra, su mujer" (f. 17 r.), "Llegando el autor al apacible sitio de las huertas y río de Cabra" (f. 23 r.), "A la milagrosa imagen de Nuestra Señora de Guadalupe, que está en Santo Domingo de Baena" (f. 42 v.), "Respondiendo a un religioso que hablaba muy de veras en que por la industria de un catalán subiría el agua en Baena" (f. 53 v.),  "A Arias, famoso representante que murió en la Villa de Cabra" (f. 63 v.),  (de Divinos versos), etc. En curiosa coincidencia con nuestra actual aproximación se presentará en unas jornadas, que se celebrarán la próxima semana en la Universidad Complutense de Madrid, una comunicación sobre un poema mitológico burlesco de El Alfeo, titulado "Mentira pura de Baco y Erigone"[14]. Parece que las sombras del olvido van perdiendo con ello alguna densidad en torno a este poeta.

            Las Rimas juveniles de Colodrero están dedicadas al "Excelentísimo Señor don Luis Fernández de Córdoba, Cardona y Aragón, Duque de Sessa, Soma y Baena, Marqués de Poza, Conde de Cabra, Vizconde de Iznájar, Señor de Rute"... el cual, entre otros títulos es también "Señor de Doña Mencía y Albendín"; como puede comprobarse, muchos de ellos se refieren a lugares de esta zona. No podía haber elegido el poeta mejor mecenas que el poderoso Duque de Sessa, desterrado por entonces en Baena, concretamente, desde septiembre de 1627 a noviembre de 1628, por cierta aventura amorosa con una dama casada a la que también pretendía otro noble[15]. La protección de tan poderoso señor explica que un alto número de cortesanos y de poetas elogien la obra, de lo que comenta Gallardo: "Con dificultad habrá poesías peores que hayan salido al público con más elogios en verso"[16].

            Poco más de veinte años antes, Miguel de Cervantes no tenía ningún amigo lo suficientemente relevante para dedicarle los elogios de rigor al comienzo de D. Quijote, de lo que parece alegrarse mucho Lope de Vega, que comenta en una carta por entonces: "De poetas, no digo: buen siglo es éste. Muchos están en cierne para el año que viene, pero ninguno hay tan malo como Cervantes ni tan necio que alabe a Don Qujote"[17]. En consecuencia su libro salió sin estas preceptivas y estereotipadas alabanzas previas, sin acompañamiento amistoso, al contrario que le ocurre a Colodrero. Basta pensar en el castizo refrán: "El que a buen árbol se arrima..."; no existía por entonces en estas tierras una sombra mejor que la del Duque de Sessa. La juventud del autor, que en el momento de la edición del libro no sobrepasaba apenas los veinte años, las palabras de aliento al mismo, así como su relación con Baena y su poderoso señor, son elementos que se reiteran en estos escritos preliminares. La fogosa inexperiencia del poeta, su orgullo, un tanto inmotivado todavía, se advierten en el prólogo al lector, en el que señala: "soberbia tengo para decirte que hay en ellas [en sus obras] partes que te han de agradar". Claro que si a alguno le pareciesen malas, no se le da de ello un ardite, como decían los clásicos, "de todos se me da -escribe- las coplas de mis romances, por no decir las de don Gaiferos". Si el lector traduce esto al lenguaje actual, sin duda puede salirle algún exabrupto.

La relevancia de los autores que respaldan al escritor es enorme en estos años iniciales del siglo XVII; nada menos que el gran Lope de Vega, que firma el parecer y añade un buen soneto en el que se refiere a  "tu tierna y verde edad, tu luz primera / así tu patria y tu nobleza honora", "cuando amanece de tu ingenio el día", añade; el madrileño Juan Pérez de Montalbán, el prestigiodo predicador José de Valdivielso, entonces capellán del serenísimo Infante Cardenal, que escribe "que a la cultura de la edad primera / apuesta luces y compite rosas"; el granadino Pedro Soto de Rojas o el cultísimo ruteño Juan de Aguilar[18], humanista en Antequera, que le dedica unos versos latinos. Entre los restantes poetas y cortesanos (hay unos veinte en total), otros alaban a su ciudad, por ser la cuna del prometedor lírico. Así Jerónimo Pérez de Valenzuela apunta que el Sol, es decir, el dios Apolo, "ya a Delfos tiene en Baena", en alusión a la capacidad de vaticinio que se les suponía a los vates, asociados con frecuencia con el célebre santuario griego, y Felipe Bernardo del Castillo, que es el capellán de doña Juana de Rojas y Córdoba, escribe: "Bien gozará Baena eterna fama / por ser tu patria ilustre y venturosa".

De todos ellos, el más famoso, y el que parece haber arrastrado a los demás, es Lope de Vega, que comenta en el inicio mismo, en un parecer, que el libro "no tiene cosa que repugne a la fe, ni ofenda las costumbres. El estilo es florido, el lenguaje advertido, los pensamientos honestos y todo finalmente digno de que V. A. aliente sus principios con la honra de la licencia que pide". También el gran Lope era por estos años deudor del Duque de Sessa, en una labor delicada que estaba a caballo entre las funciones propias de un secretario de amores y un alcahuete del noble. De todo ello dan fe las numerosas cartas que escribe Lope de Vega al noble baenense, al que llevaba unos veinte años de edad. Don Luis Fernández de Córdoba había nacido en Baena en 1582 y moriría en 1642, con unos sesenta años, avejentado por los excesos y por los amoríos, que algunos críticos, al parecer con poco fundamento, consideran tanto de carácter heterosexual como homosexual[19]. Sessa es, con todo, una de las figuras más representativas de la corte de Felipe III y de Felipe IV, aunque sufre diversos destierros, como el ya señalado antes, pero participa en los sucesos más relevantes de la corte española, como el recibimiento y fiestas al príncipe de Gales[20], que venía a España con la intención de casarse con la hermana de Felipe IV, la princesa María de Austria, en 1623.

Pero además la amistad de Lope y don Luis afectaba también a sus hijos, a sus amantes; así don Antonio de Córdoba, hijo del noble y conde de Cabra, apadrina en 1617 a la niña Antonia Clara, hija de Marta de Nevares y Lope de Vega, aunque se registra como hija de Marta y de Roque Hernández, el anterior marido de la hermosa Marcia Leonarda. Como se sabe, Lope se había ordenado sacerdote algunos años antes, en 1614. La confianza y trato campechano entre el noble y el escritor llega a que, en ocasiones, el duque cene en casa de Lope, una comida sencilla preparada por las propias mujeres de la casa [21]. En este ambiente no hay que extrañar que el escritor le pida aceite para hacer la comida y para alumbrar, como se indica en alguna carta de 1628: "Tengo salud -escribe el Fénix- y la tienen las criadas de V. E., ahijadas y madre [se refiere a sus hijas Feliciana y Antonia Clara, y a Marta de Nevares]. Escribieron con Aguilar, que se ofreció traerles aceite del Andalucía para la Cuaresma y, así, una dellas, viendo que no viene, ha vuelto la letra de don Luis de Góngora que dice:

 (Ay, que muero de celos

de aquel andaluz!

Háganme, si muriere,

la mortaja azul[22],

desta suerte:

 

(Ay, que al Duque le pido

aceite andaluz!

Pues que no me le envía,

cenaré sin luz.

 Mire V. E., si Antoñica puede ya desafiar las musas"[23]. El escritor solía adjudicar a mujeres de su familia algunas de sus composiciones, como hace en este caso.

He aquí, pues, que descubrimos que el gran Lope de Vega es uno de los primeros admiradores y degustadores del aceite andaluz, seguramente del que se producía ya por entonces en Baena, de notorio renombre.

Por lo que respecta al libro que nos ocupa, en él no se advierte ordenación temática no métrica demasiado fija, aunque tanto los temas como, en menor medida, los metros sean bastante variados. Junto a reflexiones morales aparecen referencias mitológicas, poemas a las rosas, habitualmente como símbolo de la fugacidad de la vida, en lo que Colodrero adquiere singular maestría o especial insistencia; entre estos poemas, circunscritos al presente libro, están los titulados "Rosa ultrajada", "Al deshojar de un rosa en una fuente", "Haciendo ejemplar de su amor a un arroyo a la vista de unas rosas", "Ofreciendo unas flores", etc.

De especial interés para nosotros es el soneto "A don Luis de Góngora, en alabanza de su Polifemo y Soledades"[24], que quizás pudo conocer Góngora porque, según se desprende del último terceto, el poeta cordobés está aún vivo cuando se compone el texto, aunque había fallecido sólo dos antes de la edición que nos ocupa. El texto señala: "Y en mereciendo luces pisar bellas / holocausten, venérenle su nombre, / hasta el fin de los siglos sea eterno", lo que viene a decir que cuando muera ("en mereciendo luces pisar bellas", referencia a estar en el cielo, más allá de las estrellas, o luces bellas, como si las estuviera pisando), entonces su nombre será inmortal.

Con respecto a la Fábula de Polifemo y Galatea señala que "de Galatea, dulces crueldades, / cantadas mira en superior desvelo", en tanto que las Soledades le merecen un cuarteto completo:

 Estas aquellas suspensión del suelo

cultas heroicamente Soledades,

donde en altas profundas variedades

siente imitada su armonía el cielo.

 

Ambas composiciones gongorinas guían en cierto sentido otras dos de Colodrero; la influencia de las Soledades se advierte en la extensa "Silva"[25] pastoril y paisajística, y el Polifemo presta algunos tonos y metros a la "Fábula de Teseo y Ariadna"[26]. No faltan tampoco ejemplos de la poesía áulica o cortesana, igualmente cultivada por Góngora, en composiciones como el soneto dedicado "Al Señor Don Antonio Fernández de Córdoba, Conde de Cabra, viniendo a su estado" (p. 43), que es el hijo del Duque de Sessa, en tanto el mecenas es objeto de su atención en dos poemas: "Fiestas del Excelentísimo Señor Duque de Sessa, por la salud de Su Majestad" (p. 80), en las que se refiere a unas fiestas de toros y cañas celebradas precisamente en Baena, en los primeros meses de 1628, cuando aún dura el destierro del Duque[27], también citadas por Lope en una de sus cartas (marzo de 1628), y otra "Al Excelentísimo Señor Duque de Sessa" (p. 91), altamente elogiosa y que bien pudo motivar la protección del noble con respecto al poeta.

Con relación a otros poemas de esta colección, como la "Fábula de Hipomenes y Atalanta" (p. 93), se puede señalar que recuerda lejanamente alguno de los romances de Píramo y Tisbe, de don Luis, aunque el sentido paródico y satírico no está muy marcado (sí lo está, en cambio, en la "Mentira pura de Baco y Erigone", incluido en El Alfeo), de la misma manera que la mediana serie de romances de Colodrero, unos 22 poemas, casi todos amorosos y pastoriles, nos evocan algunos recursos gongorinos[28], aunque con tonos muy desvaídos y mediocres. Finalmente, hay alguna composición religiosa, aunque el tema está poco cultivado, al contrario que ocurre en los libros siguientes, como la titulada "Al sentimiento de San José, viendo preñada a la Virgen Nuestra Señora" (p. 169), que trata un tema que tuvo reparos en alguna situación histórica[29] y que aquí parece disculpable por la juventud e inexperiencia de su autor.

En conjunto, estamos ante una colección variada, en la que se advierten algunos rasgos prometedores, que luego se cumplirán en colecciones más maduras, como los Divinos versos, de 1656, a la que pertenece este delicado y desengañado soneto, con el que queremos terminar esta aproximación inicial:

 Desengaño de la brevedad de nuestra vida, concluyendo con que un hombre es árbol e converso.

 No ha nada que era mozo y ya soy viejo,

parece que anteayer iba a la escuela;

(válgame Dios!, y lo que el tiempo vuela,

sin duda que alas tiene de vencejo.

 Esta mañana me miré a un espejo,

que heredé de los bienes de mi abuela,

y de la que a los días pica espuela

surcada vi la tierra al sobrecejo.

 Contra mí no hay instante que no obre,

y en mis sienes de canas mil cubiertas

plata blanquea, lo que ya fue cobre.

 (Qué breves nuestras vidas son! (Qué inciertas!

Mas )cómo ha de durar un árbol pobre,

que tiene las raíces descubiertas?[30]

 

En fin, se puede señalar que este poeta vive en una época de gigantes, el Siglo de Oro, y tuvo que codearse con líricos de la talla de Góngora, Lope o Quevedo[31], junto con otros igualmente muy valiosos y significativos; en cualquier otro momento histórico Colodrero, hubiera sido considerado, tal como nos parece en estos momentos, un poeta estimable, digno de atención y de estudio.

 

Lucena, 12 de  noviembre de 1999

 



[1] El texto de este artículo procede de una comunicación, con el mismo título, que se expuso en las Jornadas de la Real Academia de Córdoba en Baena, que tuvieron lugar los días 13 y 14 de noviembre de 1999.

[2] Con relación a este tema cfr. el clásico estudio de Dámaso Alonso, Menéndez Pelayo, crítico literario (Las palinodias de Don Marcelino), Obras completas, Madrid, Gredos, 1975, IV, pp. 9-82.

[3] Marcelino Menéndez Pelayo, Historia de las ideas estéticas en España, Madrid, CSIC, 1974, , I, p. 807.

[4] Se trata de una traducción de las Soledades, realizada por  la profesora Saiko Yoshida, de la Universidad de Seisen, en dos cuidados volúmenes que contienen la traducción y comentarios de la obra, aparecida en 1999. La Real Academia de Córdoba ha tenido a bien nombrar a la Dra. Yoshida, Académica Correspondiente en Japón, con fecha del 8 de noviembre de 2001. A esta hispanista japonesa se debe también una traducción de Pepita Jiménez, de Juan Valera, a su idioma (1978).

[5]  Apud José María de Cossío, Fábulas mitológicas en España, Madrid, Espasa Calpe, 1952, p. 457.

[6]  El significado de este término, de acuerdo con María Moliner, que incluye otras palabras de la misma familia  en su diccionario, es el de “enredada”.

[7] Bartolomé José Gallardo, Ensayo de una biblioteca española de libros raros y curiosos, Madrid, Rivadeneyra, 1866 (facsímil, Madrid, Gredos, 1968), II, col. 497.

[8] Entre los fondos del Centro de Documentación Juan Alfonso de Baena se incluye una referencia a otra obra de Miguel Colodrero de Villalobos, Célebres fiestas..., etc., que, por el título, parece un certamen poético en alabanza de Santa Teresa, celebrado del 14 al 23 de octubre de 1672, en casa de Francisco Aldana Tirado. El dato es curioso porque puede implicar que, para 1672, aún estuviera vivo el escritor. Parece que la colección se encabeza con una décima dedicada a Santa Teresa del poeta baenense, aunque encontramos otra composición similar (que puede ser la misma, extremo que no puedo comprobar en este preciso momento), de marcado carácter conceptista, en el libro Divinos versos o cármenes sagrados; es la siguiente: “A Santa Teresa de Jesús”

Abulense la azucena

aún no las hojas abría,

cuando a Jesús le pedía

Carmen dondee ser amena.

Fervorosamente ordena

para el cielo su jornada,

que apriesa en Teresa amada

de Dios el fuego prendió,

mas ¿qué mucho, si halló

a la materia Ahumada?        

            Miguel Colodrero Villalobos, Divinos versos o cármenes sagrados, Zaragoza, Herederos de Pedro Lanaja y Lamarca, 1656, f. 31 r.

[9] Miguel Colodrero Villalobos, Divinos versos o cármenes sagrados, op. cit., preliminares sin indicación de página.

[10] Se tiene noticia de su trayectoria académica como canónigo, según documentos de la Universidad de Granada, en pruebas de cursos correspondientes a 1619, 1620 y 1621; he aquí el primer documento: “En Granada, a 7 de marzo de 1619, pareció ante mí don Miguel Jerónimo de Colodreros [sic], natural de la villa de Baena, y para prueba de su primero y segundo y tercero curso en que se halló matriculado presentó cédula de examen de Gramática del maestro Burgos, su fecha de 12 de noviembre de 1616, y para prueba de sus cursos presentó por testigos a Pedro del Puerto y a Sebastián de Cárdenas, naturales de Cabra y Luque, los cuales dijeron que saben que el susodicho ha oído y cursado en esta Universidad en Cánones y Lecciones de decreto y decretales y sexto tres cursos, el primero desde 18 de noviembre de 1616 hasta fin de mayo de 1617, y así los demás hasta en 1619, y que lo saben porque son sus condiscípulos”,  Francisco Rodríguez Marín, “Nuevos datos para las biografías de algunos escritores españoles de los siglos XVI y XVII”, Boletín de la Real Academia Española, 1918, p. 193 (grafía actualizada).  Las otras pruebas corresponden a mayo de 1620, cuarto curso de Cánones, y febrero de 1621, quinto curso de Cánones.

[11] Cfr. Rafael Ramírez de Arellano, Ensayo de un catálogo biográfico de escritores de la provincia y diócesis de Córdoba, Madrid, Tip. de la Revista de Archivos, Bibliotecas y Museos, 1921, I, p. 152: “Nació en Baena, y fue bautizado en la parroquia de San Bartolomé, el 24 de mayo de 1608. Fue hijo de don Alonso Fernández Colodrero y de Dª Catalina Cabrero”; José Simón Díaz, Bibliografía de la Literatura Hispánica, Madrid, CSIC, 1970, tomo VIII, p. 573;  Feliciano Delgado León,  Poesía cordobesa del siglo I al XVII (Antología crítica), Códoba, Monte de Piedad, 1982, p. 253; Poesía de la Edad de Oro. II. Barroco, ed. José Manuel Blecua, Madrid, Castalia, 1984, p. 355, etc.

[12] Ángel Pariente, Antología de la poesía culterana, Madrid, Júcar, 1981, p. 179.

[13] Ángel Pariente, Antología de la poesía culterana, op. cit., p. 179; Poesía de la Edad de Oro. II. Barroco, ed. José Manuel Blecua, op. cit., p. 355.

[14] Cfr. Jesús Ponce Cárdenas, “Introducción a un texto burlesco: La mentira pura de Baco y Erígone”, en Javier Huerta Calvo, Emilio Peral Vega y Jesús Ponce Cárdenas, eds., Tiempo de burlas. En torno a la literatura burlesca del Siglo de Oro, Madrid, Verbum, 2001, pp. 145-160; otros estudios del mismo profesor Ponce Cárdenas, con relevantes aportaciones en torno a Miguel Colodrero; son: “La descriptio puellae en las fábulas mitológicas de Miguel Colodrero de Villalobos”, Angélica. Revista de Literatura, 9, 1999, pp. 77-88, y Góngora y la poesía culta del siglo XVII, Madrid, Ediciones del Laberinto, 2001, pp. 207-223.

[15] Lope de Vega, Cartas, ed. Nicolás Marín, Madrid, Castalia, 1985, p. 24.

[16]Bartolomé José Gallardo, Ensayo de una biblioteca española de libros raros y curiosos, op. cit., col. 496.

[17]  Lope de Vega, Cartas, ed. Nicolás Marín, op. cit., p. 68.

[18] Sobre este escritor, cfr. el libro de José María de la Torre, Juan de Aguilar, un humanista ruteño del XVII, Rute, Imprenta García, 1997.

[19] Lope de Vega, Cartas, ed. Nicolás Marín, op. cit., pp. 30-31. Quevedo escribe en una carta al Duque de Medinaceli (4 de mayo de 1634): “Cuatro noches ha que en la plazuela de Barrionuevo, donde vive Alfonso Cardoso, saliendo de una casa (que el cuento dirá la que era), al duque de Sesa le tiraron dos estocadas, viniendo con un criado. No le tocaron; y él, como es sesa hembra y no sesa macho, armó diálogo con el criado, diciendo: “¿Viste si me tiraron dos estocadas?” El respondió: “No lo vi”. Él dijo: “No me las debieron de tirar a mí; se me antojaría”. ¡Lindo antojo!”, Luis Astrana Marín, Epistolario completo de D. Francisco de Quevedo-Villegas, Madrid, Instituto Editorial Reus, 1948, p. 271.

[20] Me he ocupado del tema en diversas ocasiones: "Góngora poeta áulico: la visita del Príncipe de Gales", en Saggi in onore di Giovanni Allegra, ed. Paolo Caucci Von Saucken, Perugia, Università degli Studi di Perugia, 1995, pp. 169-185; "La polémica literaria con motivo de la visita del Príncipe de Gales (1623) y la intervención de Mira de Amescua", en Mira de Amescua en candelero, Actas del Congreso Internacional sobre "Mira de Amescua y el Teatro Español del siglo XVII", (Granada, 27-30 octubre de 1994), Granada, 1996, I, pp. 201-215; "Estancias en el estilo de don Luis" (El trasfondo gongorino de la controversia entre Juan Ruiz de Alarcón y Francisco de Quevedo)", en Estudios sobre Góngora, Córdoba, Excmo. Ayuntamiento y Real Academia, 1996, pp. 45-72.

[21]  “Madrid, ¿mayo de 1629? Ya tengo la comedia del Hermoso peligro. Podrá V. E. venir a oírla al anochecer, porque ya son las noches breves, y dice Antoñica que cenará V. E. con ella güevos frescos de sus gallinas y unos espárragos. Hanme reñido porque dejé ir anoche a V. E. que ya no se hallan sin él, y digo yo que tienen razón, echándolo de ver en mí, y deseando todos que Dios guarde a V. E. muchos años”, Lope de Vega, Cartas, ed. Nicolás Marín, op. cit., p. 282.

[22] El texto completo de esta composición en Luis de Góngora, Canciones y otros poemas en arte mayor, ed. José María Micó, Madrid, Espasa Calpe, 1990, pp. 172-173, bajo el título de “Seguidillas y canción para doña María Hurtado, en ausencia de don Gabriel Zapata, su marido”.

[23] Lope de Vega, Cartas, ed. Nicolás Marín, op. cit., pp. 259-260.

[24] Miguel Colodrero de Villalobos, Varias rimas, Córdoba, Salvador de Cea Tesa, 1629, p. 23.

[25] Ibid., p. 49.

[26] Ibid., p. 63. Otras referencias a poemas de este libro se incluyen en el cuerpo del texto mediante la indicación de página.

[27] Lope de Vega, Cartas, ed. Nicolás Marín, op. cit., p. 267.

[28] Para los romances gongorinos cfr. ahora la monumental edición de Carreira: Luis de Góngora, Romances, ed. Antonio Carreira, Barcelona, Quaderns Crema, 1998, 4 vols.

[29] Un soneto sobre el mismo tema en Gonzalo Enríquez de Arana y Puerto, El Cisne Andaluz (Selección), ed. Antonio Cruz Casado, Montilla, Bibliofilia Montillana, 1996, p. 193, además del estudio de Antonio Rodríguez-Moñino y Edward M. Wilson, “Auto de la confusión de San José, suprimido en 1588 por la Inquisición”, Ábaco, 4, 1973, pp. 8-53.

[30] Miguel Colodrero de Villalobos, Divinos versos o cármenes sagrados, op. cit., f. 16 r., grafía actualizada.

[31]  Al que precisamente dedica unas elogiosas décimas en su muerte, ibid., f. 39 v.

© Antonio Cruz Casado