Memoria escrita

Historia documentada.

Juan Alfonso de Baena vivió en los años de la transición del siglo XIV al XV, aunque su producción literaria y recopiladora se desarrolló en este último. Por aquellos años Castilla entera y la Andalucía del Guadalquivir experimentan una profunda transformación en todos los órdenes. A nivel de Estado, se ha producido la sustitución de una dinastía legítima, la de Pedro I, por otra, la de los Trastámaras, que tiene su origen en una guerra fratricida que culmina con el regicidio, por lo que sus reyes tiene que intentar por todos los medios consolidar su situación, tratando de atraerse a las familias más influyentes del reino. Ello supondrá la concesión de privilegios y mercedes a la nobleza para ganarla a su causa, lo que hipotecará la propia autoridad monárquica. Esta circunstancia y el relativo apogeo del reino musulmán de Granada determinan un protagonismo de los territorios fronterizos de Andalucía.

Baena, pieza clave en el sistema fronterizo andaluz, vive ahora sus días de mayor esplendor. Habiendo pertenecido a la Corona de Castilla desde 1240, Juan I hace donación de su Señorío en 1386 al Mariscal D. Diego Fernández de Córdoba, en agradecimiento por sus servicios en la campaña de Portugal, aún a despecho de los propios habitantes, que se oponen por la fuerza, no pudiéndose hacer efectivo el dominio hasta 15 años después, reinando Enrique II, en que se ven obligados a someterse. Se inicia así la formación de uno de los grandes linajes andaluces, el de los Fernández de Córdoba, que al Señorío de Baena añadirán desde 1405 el de Cabra, más adelante elevado a condado.

Esta primera mitad del siglo XV es acaso la época más gloriosa de la historia baenense, marcada por el papel decisivo en la defensa de la frontera castellana, que no otra que la función militar había sido la que había dado origen a Baena. Atrás quedaban ya los tiempos en que sus habitantes rechazaron los duros ataques de los granadinos, que le valieron la concesión por Fernando IV de un honroso escudo de armas en 1300. O la firma del Tratado de Baena, de 1320, por el que, a la vista de los desórdenes internos del reino, los propios baenenses y sus vecinos de la frontera toman la iniciativa y establecen treguas con los árabes hasta la mayoría de edad del Rey Alfonso XI.

Pero la situación normal es el estado de guerra, unas veces con poderosas campañas organizadas, otras con incidentes fronterizos, que ponen a prueba el arrojo de sus habitantes. Por estas fechas cabe citar entre las primeras la participación activa en las expediciones militares del infante D. Fernando en 1407, con graves daños para el enemigo, y en 1410, que culminó con la conquista de Antequera; o la de 1431, dirigida por D. Álvaro de Luna, que alcanzó las puertas mismas de Granada.

Más frecuentes, y no por ello menos heroicas, son las hazañas que tienen lugar en las algaradas fronterizas, sin ánimo de conquista, con el solo objetivo de debilitar al contrario. Unas veces son desafíos singulares o escaramuzas aisladas, que ponen de manifiesto el valor personal y el espíritu caballeresco, de las que Baena cuenta en su haber con un saldo favorable; otras son enfrentamientos armados, pequeñas batallas, como la de Albendín y Alcaudete en 1408, para rechazar un ataque musulmán. Los hombres de Baena se forjan en estas acciones, ganando un justificado prestigio en toda la frontera andaluza.

Precisamente para proteger uno de los posibles flancos débiles, en 1415 el Rey concede al Señor de Baena un privilegio para levantar un castillo, el de Doña Mencía, que en 1420 ya debía estar construido, por lo que se autoriza a fundar una población, llevando par ello vecinos de Baena. Es ésta la primera vez, pero no la única, en que esta ciudad, entonces villa, ha dado vida a una nueva población.

Por aquellas fechas Baena es una población floreciente, la mayor del reino de Córdoba después de la capital, con una economía basada en la explotación de una agricultura de tipo mediterráneo (cereales, vid, olivo, moreras, huertas,…), una prestigiosa ganadería y un activo comercio, del que da fe el establecimiento de una de las primeras ferias andaluzas ya en 1457.

El progresivo alejamiento de la frontera garantiza una mayor seguridad, que se traduce en un crecimiento de la población, que desborda el recinto amurallado, formándose dos arrabales en torno a dos puertas opuestas de la muralla, por donde se iniciará el desarrollo urbano que no se ha detenido hasta hoy. Los largos períodos de calma permiten atender al buen gobierno de la ciudad, elaborándose una amplia colección de ordenanzas, que regulan todos y cada uno de los aspectos de la vida municipal.

Emblemas de Baena

Símbolos

Baena, pieza clave en el sistema fronterizo andaluz, vive ahora sus días de mayor esplendor.

El escudo de armas de Baena está representado por cinco cabezas de moros en campo de plata, sin otros atributos ni adornos heráldicos. La colocación e indumentaria de esas cabezas han sido alteradas por los grabadores y dibujantes modernos que, faltando a los principios heráldicos e históricos, las presentan todas de frente, con grandes turbantes rematados en medias lunas que les dan carácter de turcos, y envolviendo el todo, un manto regio que tiene por cimera la corona real. En esa forma lo viene usando la Villa en la fachada de sus Casas Capitulares y también en sus documentos, pero ni esas medias lunas se usaron en lo antiguo, ni el manto y la corona reales podían ser atributos de una población realenga y si sujeta al Señorío de los Condes de Cabra desde le siglo XIV, por cuyas razones creemos que esa forma de escudo debió adoptarse entrado ya el siglo XIX, cuando anulados los privilegios de los señoríos, volvió la Villa a depender de la corona (grabado núm. 20) Las leyes heráldicas prescriben que esas cabezas deben colocarse siempre de perfil, aunque pudiera, en algún caso particular justificado, alterarse ese general principio, y de aquel modo las vemos puestas en el escudo de Huesca, que tiene dos, el de Caspe, que ostenta otras dos y el de Jaca que tiene cuatro.

El Marqués de Avilés cita también la casa de Freycing en Baviera, que tiene por armas una cabeza de moro coronada de oro, puesta de perfil, y añade luego que el Reino de Aragón antiguamente y después de la Isla de Cerdeña, adornaron sus escudos con cuatro cabezas de moros colocadas en la misma forma, por ser constante en heráldica el colocarlas siempre de perfil y nunca de frente.

El Sr. D. Francisco Piferrer ha publicado, en su conocida obra heráldica, otro escudo de Baena, sin decir de dónde lo tomó, y nosotros al examinarlo nos hallamos también en el caso de poner en duda la autenticidad de sus origen, pues aparte de que son cinco cabezas de reyes moros con coronas antiguas las que presenta, están colocadas de modo, que apartándose libremente de las citadas leyes heráldicas y de su rigidez y seriedad, se asemeja más el escudo a un cuadro donde el pintor ha compuesto y distribuido el color a su capricho. Efectivamente, cada turbante tiene un color variado, verde, oro, rojo, morado y blanco y azul: cuatro cabezas se miran de dos en dos y la del centro está colocada de frente, detalles todos que no estando fundados en principios heráldicos, ni justificados por explicación alguna histórica, nos hace considerar el tal escudo como caprichosa invención de sus autor (grabado núm. 21).

Desgraciadamente no existe, que sepamos, escudo alguno de la Villa tal y como ésta lo llevó en sus primeros tiempos, y ni aun siquiera hemos podido encontrar, a pesar del gran interés con que lo hemos procurado, documento alguno, que de una manera fehaciente, nos diga cuándo y por qué principió Baena a usar del escudo que nos ocupa. Es evidente que ya en el siglo XV lo tenía, pues al describir el Abad de Rute los preliminares de la batalla de Lucena, se expresa de este modo:

“Era costumbre de aquel tiempo no ajena del nuestro quando salían a la guerra las ciudades o villas a vez de concejo llevar cada qual su enseña particular a quien seguir demás de la de sus dueños. Avíase quedado olvidada la de Vaena con la prisa demasiada del rebato (así lo afirma la relación de los archivos de Luque) era su divisa en campo cinco cabezas de moros, armas, por ventura, granjeadas desde el reynado de Don Fernando el 4º, llamado vulgarmente el emplazado, quando Mohamad cognominado Mir Almulemín Acaudille o Abedialle segundo en orden y nombre entre los Reyes de Granada cercó poderosísimo a Vaena y aviéndola entrado hasta la mitad, fue por el valor de sus defensores resistido, echado fuera y obligado a levantar el cerco (queda ya referido arriba) advirtiendo pues al comenzar a marchar la gente de nuestro Conde el olvido y quan dañoso fuera el repararle con esperar a volver por ella, mandó sacar la enseña de Cabra cuias armas eran el animal de su nombre, desusada de más de noventa años antes a semejantes ocasiones por falta della y no necesaria en esta, respecto de aver de quedar presiada la Villa”.

Preciosa es la noticia aunque no diga la forma en que tenía el escudo colocadas las cinco cabezas, y esa tradición, que no tenemos inconveniente en admitir como verdadera, se sigue por las gentes de Baena, hoy como entonces, añadiendo que el caso especial que dio origen a la adopción de ese escudo fue el haber luchado, en singular combate, durante el asedio de Muhamad, cinco caballeros de Baena con cinco mahometanos, a los que vencieron y degollaron.

Sería muy de desear el que se hallara algún dato que diera fuerza a esa tradición y nos mostrara o describiera el escudo tal y como fue en su principio, pero mientras eso no se logre, creemos que la única composición racional que aquél debe tener es la que los principios heráldicos nos enseñan: esto es, las cinco cabezas de sable, con turbantes blancos, y puestas de perfil mirando al lado derecho del escudo. El grabado número 22, composición nuestra, lo representa de ese modo”.

Francisco Valverde y Perales, Historia de la Villa de Baena, Córdoba, Diputación Provincial, 1982, pp. 269-273.

A finales del mes de diciembre de 1901, al efectuar labores agrícolas en terrenos del Cortijo Bajo de Izcar, se produjo un interesante hallazgo arqueológico. La reja del arado había dejado al descubierto una sepultura fabricada con paredes de ladrillos y cubierta con grandes losas de piedra. En su interior aparecieron restos humanos, una vasija de barro y una cruz. El elemento más singular y definidor del carácter cristiano del sepulcro era la cruz, una pieza de bronce que, al parecer, estaba ya amortizada y desprovista de otras partes del conjunto a la que debió pertenecer en el momento del sepelio.

La cruz mide 33.5 cm. y constituye uno de las mejores representaciones del monograma del nombre de Cristo. Está trabajada en una sola pieza, con las letras alfa y omega en los brazos laterales, la rho de la cabecera del brazo principal y dos anillas de los extremos superior e inferior que indican que la cruz formaba parte de un conjunto mayor, perdido. Debe fecharse a fines del siglo VI o ya entrado el siglo VII.
 

El crismón es el monograma del nombre de Cristo (cristograma) y está constituido, en la forma que nos interesa por las dos primeras letras, de este nombre en griego: X (ji) y P (rho), extraídas de XPIETOE (Cristos). Esta representación básica puede complicarse de diferentes modos siendo común que aparezca flanqueada por las letras A-w (alfa-omega) como ocurre en el caso de Izcar, primera y última letras del alfabeto griego, en clara alusión al texto del Apocalípsis bíblico en que Cristo (por extensión, Dios) dice: «Yo soy el A y la w…» (Cap. 1 vers. 8/ Cap. 22, vers. 13…). Este concepto ya fue expresado en el Antiguo Testamento por el profeta Isaías (Cap. 44, vers. 6/Cap. 48, vers. 12).

El origen del crismón parece ser oriental y sus ejemplos más antiguos son de finales del siglo II d.C. llegándose a un uso intensivo del mismo tras la victoria de Constantino sobre Magencio, en el año 312 d.C.. La cruz monogramática de Izcar constituye uno de los símbolos más conocidos de Baena. Se hallaba expuesta en el Museo Arqueológico Nacional de Madrid, pero hace unos años desapareció de forma inexplicable y hoy se desconoce su paradero.

Se trata de una escultura exenta que representa a un león echado tallado en piedra caliza, de 0,95 metros de longitud, 0,51 metros de altura y 0,26 metros de grosor, con la boca entreabierta de la que cae la lengua sobre la mandíbula inferior. Las orejas son acorazonadas y están pegadas a la cabeza, dejando su lóbulo interno surcado por incisiones. El cuello es liso, sin indicación de la melena. Las patas son delgadas y terminan en garras con dedos finos y curvos, corriendo la cola entre las nalgas. Su cronología se puede situar entre los siglos VI-V a.C. Este león formaría parte de la necrópolis ibérica en la que se enterraron los habitantes del Cerro del Minguillar, la antigua ciudad de Iponoba.

En concreto, sería parte integrante de la decoración de una tumba correspondiente a un personaje importante, quizás un destacado guerrero o un miembro de la aristocracia local. Probablemente, el tipo de tumba al que perteneció el león debió ser un pilar-estela, consistente en un pilar y un capitel con moldura en forma de gola, más o menos compleja, que se decoraba en ocasiones, y sobre el cual se colocaba una escultura zoomorfa exenta. Pero el león no constituye un simple recurso artístico sino que tiene un significado propio de protección de la tumba y del difunto frente a los peligros exteriores, representando al mismo tiempo el valor del personaje allí enterrado. Las élites locales encontraron en este tipo de esculturas la vía para perpetuar su posición de privilegio, haciendo acceder a sus antepasados a un mundo suprahumano en el que alcanzaban un rango heroico. En definitiva, el león fue en época ibérica un símbolo del poder.

Rostros del ayer

Personajes

Detrás de la historia están quienes la vivieron y moldearon; cada nombre conserva un fragmento de la historia de Baena.

Baena ha sido a lo largo de su dilatada historia cuna de insignes líricos, prosistas e investigadores literarios, a los que, en su mayoría, no se pudo dar fiabilidad documental de su natalicio por la desaparición de la mayor parte de los archivos eclesiásticos. Así, de YAIX BEN SAID o de CASIM BEN ASBAG (859-950), nos tenemos que conformar con ligeras referencias de algún historiador local.

Pero, sin duda, el más destacado de los poetas medievales baenenses fue JUAN ALFONSO DE BAENA (Baena, ¿1375?-Córdoba, ¿1435?), genial recopilador y crítico literario de toda la poesía castellana hecha en la corte de los reyes castellanos Pedro I, Enrique II, Juan I, Enrique III y Juan II, en el códice o cancionero que lleva su nombre: Cancionero de Baena.

Se trata de la obra más popular del siglo XV castellano, junto al Cancionero de Stúñiga y de capital importancia para el conocimiento histórico y literario del siglo XV castellano. Frente al de Stúñiga, donde seis poetas escriben en gallego, latín y castellano, el Cancionero de Baena recoge composiciones de cincuenta y cinco autores, escritas en castellano y según las modalidades alegórico-dantesca y, especialmente, la galaico-provenzal, más frecuente en veladas palaciegas y ausente en los restantes cancioneros.

(Existe una edición moderna a cargo de Brian Dutton y Joaquín González Cuenca, Madrid, 1993. Asimismo, toda la información necesaria sobre ediciones antiguas del Cancionero de Baena y demás cancioneros medievales, se puede solicitar al Centro de Documentación de cancioneros de Baena).

En orden cronológico, sería el segundo gran autor baenense, JUAN DE SESSA, más conocido por JUAN LATINO (¿Baena, 1518? – Granada, ¿1594?), el esclavo negro de los duques, ejemplo viviente de lo que pueden conseguir la voluntad y el esfuerzo humanos y de cuya vida, muy poco se puede aventurar, excepto que se crió y educó al amparo de D. Gonzalo Fernández de Córdoba, tercer duque de Sessa, en Baena. El sobrenombre de latino le viene de su extraordinario dominio del latín, que le llevó a ocupar una cátedra de dicha lengua en la incipiente universidad de Granada. La rareza y esclavitud de este gran intelectual, amante de la música y de las artes, lo convirtió en una de las personalidades más conocidas en su tiempo, hasta el punto de frecuentar su trato las personalidades más destacadas de la época y citado por Cervantes (poema de cavo roto de «Don Quijote de la Mancha») o por Lope de Vega («Dama boba»).

Sus obras más importantes fueron: Epigramas (1573), De translatione corporum regalium (1576) y Ad Excellentissimum et Invictissimum D. D. Gonzalum Ferdinandez a Corduba… (1585); pero, sin lugar a dudas, su obra de mayor valor literario e histórico fue La Austriadis carmen, tercera parte del primer volumen citado, dedicada enteramente a la batalla de Lepanto y a su artífice principal. Fue publicada en Granada y está compuesta por 1834 hexámetros latinos, divididos en dos partes.

(Existe una edición moderna a cargo de A. Sánchez Marín, Granada, 1981. Lo poco que se sabe de su vida está recogido en un ensayo biográfico y crítico de Antonio Marín Ocete, titulado «El negro Juan Latino», Granada, 1924).

Gran erudición y fina sensibilidad poéticas se dieron en la tercera gran personalidad que nos ocupa, la del magnífico y malogrado poeta LUIS CARRILLO DE SOTOMAYOR (Baena, ¿1586?-Puerto de Santa María, 1610). En sus aproximados veinticinco años de vida, dejó escrita una escasa pero influyente obra literaria, compuesta por una preceptiva poética Libro de la erudición poética y un conjunto de poemas, algunos de ellos precursores del culteranismo gongorino. Está formado este conjunto por dos églogas, cincuenta sonetos, quince canciones, las décimas a Pedro Ragis, diez romances y la Fábula de Acis y Galatea, su obra maestra por la suavidad y emoción que la domina y precursora de Polifemo y Galatea de Góngora. Toda su poesía está hecha según los cánones del amor cortés, en un entorno natural fuertemente idealizado y bucólico.

(Del citado libro de preceptiva literaria existe una edición moderna a cargo de Angelina Costa, Sevilla, 1987. Igualmente a cargo de la misma autora, se publicó un estudio detallado de su obra y una edición crítica de su poesía, en Córdoba, 1984 y Madrid, 1984, respectivamente).

FRANCISCO FERNÁNDEZ DE CÓRDOBA, más conocido por ABAD DE RUTE, nació en Baena en ¿1565? y murió en Rute en 1626. Fue el tercer hijo del corregidor de Toledo don Luis Fernández de Córdoba y de su prima hermana Dª Francisca de Córdoba. Vida oscura es la de este destacado humanista, partícipe de las contiendas literarias entre culteranos y conceptistas a favor de Góngora, apreciado amigo suyo. Es autor de la «Didascalia múltiplex» Didascalia múltiplex» (Lyon, 1615), «Parecer de Don Francisco de Cordova acerca de las Soledades a instancia de su Autor», «Antigüedad y Excelencias de Granada», «Inventario del Archivo de la Catedral de Córdoba» Inventario del Archivo de la Catedral de Córdoba» y la obra histórica que más fama le ha dado, «Historia y descripción de la Antigüedad y descendencia de la Casa de los Córdoba»Historia y descripción de la Antigüedad y descendencia de la Casa de los Córdoba».

Poco sabemos, igualmente, de MIGUEL COLODRERO Y VILLALOBOS, salvo que nació en Baena en 1608. Pero nada del lugar y fecha de su muerte. Desde muy joven comenzó a escribir poesía, cuyo primer volumen, titulado Rimas varias y dedicado al Duque de Sessa y Baena, D. Luis Fernández de Córdoba, fue muy celebrado por algunos de sus coetáneos como Lope de Vega. El segundo de sus libros fue El Alfeo y otros asuntos, publicado en Barcelona en 1639 y según la moda culterana imperante. Es el tercero de sus libros, Divinos Versos o Cármenes Sagrados, impreso en Zaragoza en 1656 y dedicado a D. Francisco Fernández de Córdoba, primogénito del Duque de Sessa. A él se atribuye otro título, Golosinas de los Ingenios, Zaragoza, 1642.

(De esta última obra existe una edición moderna en Valencia, 1960).

Mención especial merece el polígrafo JOSÉ AMADOR DE LOS RÍOS (Baena 1818-Sevilla 1878), autor de una gigantesca producción literaria, histórica, artística y arqueológica, que desarrolló en Madrid, donde recaló con su familia por motivos políticos. Forman lo más interesante de su producción la Historia Crítica de la Literatura Española (en 7 vols. Madrid, 1861-1867), que sólo abarca hasta el reinado de los Reyes Católicos, escrita por imperativos legales para su cátedra bajo la supervisión de Alberto Lista, la Historia social, política y religiosa de los judíos de España y Portugal (3 tomos, Madrid, 1875-1876) y sus Poesías, publicadas en Madrid en 1880, con prólogo de su amigo Juan Valera, que comprenden una amplia variedad de metros y temas íntimos, históricos y circunstancias.

Poesías publicadas en Madrid en 1880, con prólogo de su amigo Juan Valera, que comprenden una amplia variedad de metros y temas íntimos, históricos y circunstancias, ampliación de la obra Poesías que publicara en 1841 en Sevilla junto a Juan José Bueno.

Finalmente, el historiador y poeta FRANCISCO VALVERDE Y PERALES (Baena, 1848-Baena, 1917 ), autor de la Historia de la Villa de Baena (Toledo, 1903), monografía muy bien documentada, de Leyendas y Tradiciones de Toledo, Córdoba y Granada (Toledo 1900), Antiguas Ordenanzas de la Villa de Baena (Córdoba, 1907), de una obra teatral titulada Heridas de honra (Toledo, 1896) y de una colección de Poesías.

A todos ellos, el pueblo de Baena rinde tributo de admiración y agradecimiento a través de estas páginas.

Torreparedones

El lugar conocido como Torreparedones o Torre de las Vírgenes está ubicado en plena campiña cordobesa, entre los ríos Guadalquivir al norte y el Guadajoz al sur, aunque más próximo a este último y justo en el límite septentrional de los términos municipales de Castro del Río y Baena. Al sitio se puede acceder por la A-3125 de Baena a Cañete de las Torres, en cuyo km. parte un camino, una antigua vía pecuaria denominada "camino de Castro del Río a Porcuna" desde la que parte, a su vez, otro camino en dirección norte que conduce directamente al yacimiento.

Desde hace varios siglos diversos eruditos se hicieron eco del lugar, aunque de una forma tangencial, tratándose de citas puramente nominales para nombrarlo como importante «en tiempos de romanos» o en relación al controvertido asunto del martirio de las santas Nunilo y Alodia. Sánchez de Feria, E. Flórez o el P. Ruano son algunos ejemplos. En agosto de 1833 se produjo uno de los descubrimientos más relevantes: el denominado mausoleo de los Pompeyos, una tumba hipogea en cuyo interior había diversas piezas pertenecientes al ajuar funerario, así como 12 urnas cinerarias, dispuestas sobre un banco corrido, que ofrecían la particularidad de mostrar en una sus caras los nombres de las personas allí enterradas. Dicho descubrimiento trascendió no sólo las fronteras provinciales sino también las nacionales al hacerse eco del mismo algunas publicaciones especializadas francesas. La publicación en 1989 del libro «

El Santuario Ibérico de Torreparedones (Castro del Río-Baena, Córdoba)», de José A. Morena, supuso un hito en la historia del yacimiento pues originó la puesta en marcha de un ambicioso proyecto de investigación denominado «The Guadajoz Proyect» dirigido por los profesores Mª Cruz Fernández Castro, de la Universidad Complutense de Madrid, y Barry W. Cunliffe, del Instituto de Arqueología de la Universidad de Oxford, junto a otros arqueólogos de la Universidad de Córdoba. Dicho proyecto fue autorizado por la Consejería de Cultura de la Junta de Andalucía y contó con la colaboración del Excmo. Ayuntamiento de Baena. Los resultados obtenidos durante esos años pusieron de manifiesto la importancia de Torreparedones para el conocimiento de numerosos aspectos de la Antigüedad y Edad Media: arquitectura militar, urbanismo, religión, etc. La reciente declaración de Torreparedones como Bien de Interés Cultural, por parte del Consejo de Gobierno de la Junta de Andalucía, pone de relieve el interés y la importancia de este yacimiento que está llamado a ser uno de los hitos patrimoniales más singulares de nuestra provincia.

Pese a la importancia del yacimiento arqueológico de Torreparedones, aún no disponemos de argumentos sólidos para conocer el nombre que tuvo en la Antigüedad, ni en época ibérica, romana y medieval islámica. Los primeros documentos escritos, tras reconquista, lo mencionan como Castro el Viejo, que nada aporta sobre su nombre antiguo. Aún así, se han barajado diversas hipótesis: Ituci Virtus Iulia y Bursavo. La población de Ituci Virtus Iulia es citada por Plinio en su Historia Natural, como colonia inmune perteneciente al conventus Astigitanus, entre Ucubi Claritas Iulia (Espejo) y Tucci Augusta Gemella (Martos) y de momento no se conocen inscripciones que permitan establecer una ubicación certera. Bursavo aparece mencionada, exclusivamente, en el Bellum Hispaniense, una obra de autor anónimo que relata el conflicto bélico que enfrentó a mediados del siglo I a.C. a Julio César con los hijos de Pompeyo. Cuando César estaba en pleno asedio del núcleo pompeyano de Ategua, envió una importante embajada de senadores y caballeros romanos a Bursavo para conseguir su apoyo. Por lo tanto, debía ser una ciudad importante situada en el entorno de Ategua. Un reciente hallazgo en las termas orientales abre una nueba posibilidad quizás más creíble que la anteriores. Se trata de un fragmento de tubería de plomo que contiene dos inscripciones a molde, en una de las cuales aparece M.BOREN que puede traducirse como Municipio Borense en alusión a una ciudad llamada BORA. De esta urbe se conocen una serie de acuñaciones monetarias, realizadas entre los siglos II-I a.C., que contiene un busto femenino en el anverso, mientras que en el reverso aparece un toro de pie a izquierda y sobre el la palabra BORA. Monedas que se encuentran en una amplia zona de la campiña oriental cordobesa y occdidental jiennense, así como en la zona de contacto con las sierras Subbéticas, aunque nunca se había podido precisar la ubicación de dicha ceca.

Como hallazgos más importantes que destacar, de los que tenemos noticia, hay que citar el ya mencionado mausoleo de los Pompeyos, una tumba subterránea que estuvo en uso desde los momentos finales de la República, hasta bien entrado el siglo I de la Era. Algunas de las personas allí enterradas desempeñaron cargos importantes en la administración municipal de la antigua ciudad de Torreparedones, como Cneo Pompeyo Afro que fue edil y duumviro. Otro mausoleo romano de época altoimperial, que al parecer estuvo decorado con singulares relieves, fue la llamada Mazmorra, situada en la misma zona que el de los Pompeyos. Se trata de una estructura realizada en opus caementicium de planta rectangular cubierta con bóveda de cañón y con un pasillo en su lateral oeste, a modo de estrada a la cámara sepulcral.

También, de forma casual, se han encontrado las siguientes piezas: una escultura femenina acéfala tallada en piedra caliza, un capitel ibérico decorado con motivos vegetales tales como volutas y espirales siendo el motivo principal la roseta; un sillar de esquina en una de cuyas caras presenta en relieve una escena de culto, en la que dos mujeres ataviadas con túnica y manto depositan un vaso en forma de cáliz en el tesoro sagrado del templo o un togado realizado en mármol, datado a principios de época claudia y que constituye uno de los hallazgos más interesantes que demuestran la importancia que la ciudad romana de Torreparedones alcanzó durante los primeros siglos de la Era.

Como elementos visibles hoy día en el yacimiento podemos citar la propia muralla ibérica que rodea el asentamiento, levantada hacia el año 600 a.C. y reforzada a intervalos regulares con torres que se proyectan hacia el exterior; la puerta oriental, uno de los accesos con que contó la ciudad, flanqueada por dos imponentes torres que servían para su defensa, el santuario iberorromano situado extramuros, en el extremo sur, y el castillo medieval de época cristiana, que ocupa el punto más elevado.

En el lienzo amurallado oriental se localiza la puerta oriental, que ya fue objeto de excavación en 1990, aunque de forma parcial, pues tan sólo se investigó la torre sur. Recientemente, se ha podido excavar en su totalidad. La entrada monumental torreada se conformó en un momento muy posterior al de la erección del recinto fortificado de la ciudad, en época romana republicana, quizás, en el contexto de la guerra civil romana que enfrentó a César contra los hijos de Pompeyo. La obra que hubo de realizarse fue de tal calibre que debieron de extraerse toneladas de piedra y tierra previamente para, posteriormente, incrustar las dos torres y el correspondiente paso de entrada entre ambas. La muralla antigua fue seccionada y rehecha después. Las torres se construyeron con un aparejo poligonal de gran porte, con bloques someramente escuadrados, asentados en seco, y con ripios y lajas de piedra para asegurar su encaje. En su interior se dispone un muro en forma de cruz que conforma cuatro espacios rectangulares que estaban rellenos de tierra y cascote.

El hallazgo de sendas quicialeras en la zona más externa de las torres indica que la puerta estaba compuesta por dos hojas de madera de 1.5 m. de anchura cada una, por lo que se puede suponer una altura de unos 4 m; al interior, a unos 14 m., se ha documentado la presencia de una contrapuerta, también de dos hojas de madera, con sus correspondientes quicialeras. El paso de entrada entre las dos torres estaba acondicionado para el tráfico rodado y contaba con dos acerados que permitían el paso de los peatones sin ser molestados por carruajes y caballerías.

En cuanto al santuario, localizado a extramuros, en el extremo sur, hay que decir que se han excavado estructuras pertenecientes a dos edificios de culto, de los cuales el mejor representado es el segundo en orden cronológico. El primer templo, se podría datar en época romana republicana y el segundo en época altoimperial. El segundo templo consta de tres espacios, uno al norte, a modo de cella, que era la zona más sagrada, y delante, al sur un gran patio a cielo abierto en el cual quedan restos de algunos bancos sobre los que se depositarían los exvotos y se realizarían determinadas ceremonias religiosas y más al sur, un vestíbulo al que se entrada a través de una rampa o escalinata.

Al fondo de la cella, en la pared norte estuvo adosada una columna que no tuvo, al parecer, una función tectónica, sin basa, levantada sobre un área cuadrangular pavimentada y delimitada por lajas de piedra alineadas en posición vertical. Esta columna representaba la divinidad adorada en el templo que era Dea Caelestis y que en este caso se representó de forma anicónica, en forma de betilo estiliforme. La actividad cultual se desarrolló, por tanto, entre mediados del s. I a.C. y casi todo el s. I d.C. En el s. II d.C. se produjo el abandono y destrucción del edificio religioso.

Entre los hallazgos más significativos cabe señalar numerosas piezas de cerámica, dos altares tallados en piedra caliza local y más de 300 exvotos también realizados en piedra local. Los exvotos de Torreparedones que representan figuras antropomorfas (femeninas y también masculinas), partes del cuerpo (piernas) y tan sólo un équido, son manifestaciones de una piedad y de unas creencias religiosas, cuya naturaleza está por descubrir, pero que se limitan a ser una exposición del sentimiento hacia la divinidad, debiendo entenderse como ofrendas realizadas en acción de gracias por un favor recibido, que solía consistir en la curación de un miembro enfermo del cuerpo (piernas) o de cualquier otra enfermedad, incluso de alumbramientos sin problemas para madre e hijo, por lo que es posible que la diosa se venerara bajo el título de Juno Lucina, patrona de las parturientas romanas y cuya festividad tenía lugar el día 1 de marzo.

Esta fortaleza, que sirvió como lugar fortificado a la población medieval de Castro el Viejo, era ya conocida por fuentes documentales que nos informan de su existencia, al menos desde la segunda mitad del siglo XIII, y nos indican que continuó habitada y dirigida por alcaides nombrados por el concejo de Córdoba hasta mediados del siglo XVI. En un primer momento, tras la conquista, el castillo, al igual que el propio lugar de Castro el Viejo, perteneció al rey Alfonso X quien lo donó a Fernán Alfonso de Lastres en compensación por los servicios militares prestados durante la conquista, pero poco después pasó al concejo de la ciudad de Córdoba hasta que, a comienzos del siglo XVI quedara deshabitado.

Del castillo queda hoy en pie la torre del homenaje, parte de otra torre en la esquina NE. y restos de los muros perimetrales; en el patio se localiza un pequeño aljibe. Al este se extiende lo que parece ser un segundo patio que podría haber servido como albacara. Las excavaciones que se vienen realizando en este sector, a cargo de la Delegación Provincial de Cultura, pretenden dilucidar algunas cuestiones importantes de cara a la redacción del proyecto de restauración y musealización de la fortaleza.

El centro monumental de la ciudad romana está constituido por el foro, con su gran plaza abierta en torno a la cual se situaban los edificios públicos más importantes como el templo, la basílica civil, una capilla de culto, la curia y sendos pórticos, ubicados al norte y al sur. La platea o plaza del foro tiene planta cuadrada con 528 m² de superficie y se construyó en época del emperador Augusto, siendo reformado en tiempos de Tiberio (años 20 d.C.). El templo está situado en el lateral oeste de la plaza y corresponde al tipo denominado rostratum dotado de tribuna frontal para oradores y con dos accesos laterales, al norte y al sur, mediante sendas escalerillas. Aunque se encuentra muy arrasado debió ser periptero sien postico, con fachada tetrástila, con fustes de tres pies y medio de diámetro y ritmo eustylo, aunque se desconoce su orden (jónico o corintio). Estuvo dedicado al culto del emperador César Augusto, cuya estatua se encontró despedazada en la sala de reuniones de la curia.

En el lateral opuesto, al este, estaba el edificio más grande del foro, la basílica civil o jurídica, destinada a actividades judiciales y los negocios. Es de planta rectangular y mide 14×24 metros y tenía tres accesos desde la plaza, una puerta principal en el eje de la plaza, de 5 metros de anchura y dos pequeñas puertas laterales en los extremos de 2 metros cada una. El interior se articula entre naves mediante una perístasis de 4×8 columnas, con una gran nave central de 6 metros anchura, mientras que las dos laterales miden 2 metros cada una. El edificio tenía dos plantas, la inferior con capiteles jónicos y la superior de orden corintio; las columnas de la segunda planta, que sostuvieron el tejado de la nave central, se dotaron de celosías para dejar pasar la luz. Es probable que en el centro de la nave oriental y proyectado hacia el exterior, estuviese el tribunal o aedes Augusti.

La curia, ubicada en el ángulo noroeste de la plaza, inmediatamente al norte del templo, es uno de los edificios mejor conservados y era la sede del senado local, donde se reunían los decuriones para tratar los asuntos de interés público. Consta de archivo o tabularium, aerarium, donde estaría una caja fuerte o arca ferrata para custodiar el dinero de la ciudad (pecunia publica) y de la sala de reuniones de los decuriones, que era la curia propiamente dicha, al estilo de los salones de plenos de los ayuntamientos actuales. En el muro del fondo de la sala se abre un nicho con base a una altura de 1,5 metros del suelo que debió acoger una pedestre tal vez del Genio de la ciudad o una representación imperial. Las dimensiones de la sala permitía albergar sentados a 48 decuriones en cuatro filas, dos y dos a cada lado de la puerta dejando libre un ancho pasillo central; a ellos hay que sumar los dos magistrados superiores que presidirían las sesiones en la cabecera, junto al nicho.

La edícula de la Concordia es una capilla de pequeñas dimensiones situada en el lado norte y tiene planta rectangular de 4×5 metros, con una única puerta abierta a la plaza flanqueada por pilastras. Se construyó, como la mayoría de los edificios del foro, en la fase augustea original, pero sufrió diversas reformas como la marmorización de los peldaños del acceso en época tiberiana y el revestimiento interior con placas de mármoles diversos importados. En la pared del fondo se localiza un nicho que debió albergar una estatua sedente de piedra caliza de la que sólo se recuperó una piña, perteneciente quizás a una cornucopia que portaría la estatua de culto. La epigrafía recuperada apunta a que este espacio de culto estuvo dedicado a la Concordia Augusta y queuna mujer llamada Mummia Galla lo restauró a mediados del siglo II d.C.

En los lados norte y sur se disponen sendos pórticos, el meridional muy deteriorado mientras que el septentrional, de 6 metros de anchura y 16 metros de longitud, ha proporcionado varios restos escultóricos relevantes. En una primera fase augustea, el pórtico tenía columnas jónicas de caliza estucada y basas áticas dotadas de plinto, pero en la fase tiberiana se acortan los intercolumnios y se reutilizaron como basas elementos de la fase anterior, colocando en su lugar coronamientos de pedestales de estatuas con cuerpos centrales cilíndricos. En algunos intercolumnios se colocaron pedestales de estatuas que también había en los 5 nichos del muro del fondo. En este espacio se recuperaron tres estatuas pedestres y una pierna de otra, pero hubo en total 8 esculturas   imperiales. Por su parte, el pórtico sur pudo servir para la exposición pública de los numerosos documentos oficiales que generaba la administración tanto municipal, provincial e, incluso, estatal, entre los que destacarían por su abundancia los acuerdos adoptados por el senado local, los llamados “decreta decurionum”.

El programa escultórico que decoró el foro de la ciudad debió ser realmente impresionante y estuvo dedicado a miembros de la casa imperial, fundamentalmente, pertenecientes a la dinastía julio-claudia. Hasta la fecha se han recuperado 7 estatuas y fragmentos de otras, todas ellas de tamaño superior al natural, labradas en mármol y algunas realmente excepcionales. En el pórtico norte se encontraron tres, acéfalas, una masculina que viste la toga, símbolo del status ciudadano que, probablemente, represente al propio Augusto o quizás a Tiberio; la escultura femenina, a la que también le faltan los brazos, el pie y el hombro izquierdos, viste la calasis y la stola, sobre la que lleva el manto o palla y va calzada con los calcei muliebris siendo probable que representara a Livia (diva Augusta); por último, destaca un torso de escultura thoracata  que ha perdido los brazos y las piernas, que viste el paludamentum sobre el hombro izquierdo y una espléndida coraza decorada en su parte superior, a modo de talismán,  con la cabeza de la Gorgona Medusa mientras que en la parte central se han representado dos Victorias aladas y enfrentadas a un thymiaterion, una con yelmo y otra con espada; debajo aparece una figura femenina tendida sobre el manto que podría representar a Tellus aunque podría tratarse de una alegoría de una fuente; esta pieza se fecha a finales del siglo I d.C. y quizás representó a Domiciano o Trajano.

Otras tres esculturas se encontraron en la sala de reuniones de la curia donde fueron “guardadas” después de su destrucción a finales del siglo II d.C. Las tres están posición sedente y son de tamaño superior al natural. Sin duda, la más espectacular es la que representa al emperador César Augusto, la única que se conserva del tipo divus Pater en todo el Imperio, con la corona radiada (perdida) y otra de hojas de encina con bellotas (posiblemente la corona Etrusca); la escultura debió estar ubicada, originariamente, en la cella del templo forense como imagen de culto y debe fecharse en el principado de Tiberio, después del año 23 d.C. La otra escultura masculina representa a un emperador que viste la toga y calza una bota militar llamada mulleus, hecha con la piel de cachorros de león; debe ponerse en relación con un retrato del emperador Claudio localizado en el foro de Torreparedones, retrato que está reelaborado a partir de una cabeza de Caligula, emperador de la dinastía julio-claudia que reinó entre los años 37 y 41 d.C. Por su parte, la escultura femenina no conserva la cabeza y resulta difícil su identificación, aunque se piensa que puede tratarse de Livia divinizada, ataviada con manto y túnica (chitón). Estas tres esculturas sedentes conservan aún restos de pigmentos cuyo análisis ha permitido reconocer su policromía  original.

Es la única vivienda romana excavada hasta la fecha y se sitúa en el sector meridional del mismo. Está ubicada entre dos calles, una que la delimita por el sur y otra por el oeste que, además, es la que da acceso a la casa. La planta corresponde a una casa de atrio tetrástilo que conserva restos del impluvium pero no de la típica cisterna para almacenar el agua de lluvia que, seguramente, debió eliminarse en alguna reforma posterior. Se han documentado estructuras pertenecientes a otra vivienda anterior de época republicana, algunas de las cuales se reaprovecharon, como la cisterna “a bagnarola”. Este tipo de casa de atrio es un modelo de unidad doméstica desarrollada en torno a un patio central que se originó en Italia y que tuvo una gran difusión a lo largo de todo el Imperio. La superficie de esta unidad doméstica, fechada en el siglo I d.C., ronda los 700 m2, con una serie de estancias (triclinium, cubicula, tablinum, fauces, etc.) distribuidas en torno al patio. Cabe reseñar que aún se conserva la base del lararium, un pequeño altar sagrado donde se realizaban las ofrendas y plegarias a los dioses o espíritus protectores del hogar (lares). El elemento más significativo es la presencia de un gran horno para la fabricación del pan, motivo por el cual se ha denominado como “Casa del Panadero”. Las grandes dimensiones del horno hacen pensar que no sólo se fabricó pan para la casa sino para todo el barrio. En la zona oeste hay un gran espacio abierto (hortus), con estancias que podían haberse utilizado como almacenes y zonas de trabajo, habiéndose documentado la base circular de un molino de cereal de tipo pompeyano.

Los baños públicos descubiertos hasta el momento son tres, con tan sólo un 10 % excavado de toda la ciudad, número realmente significativo que unido al carácter salutífero de sus aguas la convirtieron en destino preferido por peregrinos que buscaban mejorar su salud. El primer baño descubierto se localiza en la zona del centro monumental, junto al foro y corresponde a un balneum tardorrepublicano de pequeñas dimensiones, ocupando una ínsula de planta trapezoidal. Cuando se reformó el foro en época tiberiana se amortizó presentando hoy día un deficiente estado de conservación. El segundo conjunto termal se conoce como el balneum Calpurnianum, ubicado en el mismo lugar que la Ermita de las Vírgenes que está construida sobre las ruinas del edificio romano, razón por la cual (además de no estar excavado en su totalidad) presenta un estado de conservación deficiente. Se trata de un baño de medianas dimensiones que fue construido gracias al mecenazgo de Marco Calpurnio quien levantó también un arco (ianum), según consta en una inscripción hallada en las cercanías, de ahí que se conozca como balneum Calpurnianum. No sólo aportó dinero para la construcción del baño, sino también para al personal destinado a su funcionamiento y posterior  mantenimiento. El edificio consta de los espacios propios de cualquier baño romano: apodyterium (vestuario) con acceso al frigidarium (sala fría) que tenía dos piscinas, tepidarium (sala templada) y caldarium (sala caliente) con alveus (piscina de agua caliente) y quizás laconicum (sauna) quedando evidencias del sistema de suelo radiante o hypocaustum, así como una zona de servicios y el correspondiente praefurnium (horno).

Finalmente, las termas orientales o de la Salud conforman el último edificio balneario documentado y el mejor conservado. Se trata de un balneum público de medianas dimensiones (unos 500 m2) y excelente estado de conservación, pues los muros del caldarium, con 0,75 metros de espesor, aparejados en opus vittatum y curiosamente dotados de capsae, alcanzan una altura superior a los 3 metros, hasta la cornisa pétrea donde arrancaba la bóveda latericia de la cubierta. El cuerpo constructivo para el baño es un edificio per se, de planta rectangular, insertado en una parcela establecida en una fase urbana anterior. Dispuso también de letrina, vestíbulo y sala destinada a destrictarium/unctorium, sala de servicios y hornos. En la esquina suroeste se encuentra un pozo con encañado circular, de 2 metros diámetro, que debió surtir de agua al conjunto. Desde el vestíbulo se accedía a la primera gran sala rectangular que hacía las veces de apodyterium (vestuario) y también de frigidarium (sala fría), con suelo de grandes teselas de color blanco, piscina de agua fría y restos del basamento para un labrum. A continuación se pasaba al tepidarium (sala templada) que ya tenía el suelo radiante con pavimento inferior de opus signinum sobre el que se levantaban 46 pilae circulares y rebancos laterales adosados a los muros, el pavimento superior es de opus sectile apoyado sobre grandes ladrillos bipedales. Por último, la tercera sala era el caldarium (sala caliente) de unos 55 m2 que tenía alveus (piscina caliente), un banco corrido de obra alrededor de las paredes, un saliente absidado en el muro oeste (schola labris) donde se aloja el labrum de 2 metros de diámetro y sendos praefurnia (hornos) para calentar la habitación y la piscina; el pavimento similar al del tepidario con un opus sectile a base de baldosas de caliza hexagonales y pequeños triángulos marmóreos bajo el cual se extendía una lámina de plomo para aislar el suelo radiante y proporcionar al mismo tiempo más calor. Excepcional resulta la presencia de 23 capsae (taquillas) en las paredes del caldario, de escaso fondo, que se disponen sobre una cornisa moldurada muy saliente, que conforma la base de las mismas y que servían para que los usuarios dejaran sus enseres de aseo y objetos de valor para evitar su posible robo si se dejaban en el vestuario. Estas termas se construyeron en la primera mitad del siglo I d.C., se reformaron a finales de dicha centuria y se abandonaron a finales del siglo II d.C., expoliándose entre los siglos III-V d.C.

El anfiteatro es el único edificio de espectáculos que se conoce de la ciudad romana y su descubrimiento y estudio parcial se ha realizado en tres fases consecutivas. En primer lugar, y gracias al estudio basado en las fotografías aéreas de la zona del vuelo LiDAR realizado por el Instituto Geográfico Nacional dentro del Plan Nacional de Ortofotografía Aérea (PNOA), se puso de manifiesto la existencia de un gran edificio situado extramuros de la ciudad, a unos 200 metros al oeste-suroeste de la puerta occidental, advirtiéndose la elipse perimetral del anfiteatro, los muros radiales que sostenían la ima cavea del mismo e incluso parte del sector externo de muros radiales. La segunda fase consistió en una prospección geofísica en la que se emplearon tres técnicas: prospección geomagnética, georradar (GPR) y prospección ERT (tomografía eléctrica). Con todo ello se pudo individualizar no sólo la elipse del anillo exterior del anfiteatro, sino también el complejo sistema de entramado de calles que conectaban la puerta occidental de la ciudad con este barrio extramuros donde se ubica el anfiteatro. Las prospecciones GPR y ERT permitieron obtener informaciones muy fiables sobre la potencia y las profundidades de las estructuras. Una tercera y última fase consistió en la apertura de varios sondeos que sacaron a la luz restos de muros del graderío y de un vomitorio principal de acceso a la aren. En algunos puntos, la potencia del muro de fachada, construido en opus vittatum, alcanza los 3 metros y está jalonado por bastiones o contrafuertes de planta cuadrangular. Las dimensiones aproximadas del anfiteatro, oscilan en torno a los 70-65 metros de eje mayor y los 65-60 metros de eje menor, unas proporciones similares a los anfiteatros de Segóbriga (Saelices, Cuenca) o Contributa Iulia (Medina de las Torres, Badajoz).

Las necrópolis de la ciudad romana se ubicaron al norte y al este, fuera del perímetro amurallado pues estaba prohibido realizar enterramientos en el interior del pomerium, según indicaba la Ley de las Doce Tablas de Roma. La necrópolis septentrional se conoce su existencia a partir el descubrimiento del llamado Mausoleo de los Pompeyos en 1833. De esta gran necrópolis norte se conocen tres monumentos singulares que parecen jalonar una vía sepulcral de acceso a la ciudad por este sector. En primer lugar, la tumba llamada La Mazmorra, construida en opus caementicium, de planta rectangular (5×3,5 metros), cubierta con bóveda de medio cañón del mismo material y un pasillo de entrada situado en el muro sur de 1 metro de anchura y 4 metros de longitud. Este espacio correspondería con la cámara sepulcral semisubterránea constituyendo el cuerpo inferior de una edificación funeraria de varios pisos, quedando la fachada en el muro opuesto orientada hacia la calzada que discurría hasta la puerta septentrional de la ciudad.

El cuanto al Mausoleo de los Pompeyos conocemos abundantes datos gracias a las noticias que generó su descubrimiento y a los apuntes tomados por Aureliano Fernández-Guerra en 1834, un año después de su descubrimiento. Se describía como una estancia de planta rectangular de unos 2,78 metros de longitud y 1,67 metros de anchura, y una altura de 2,22 metros, con fábrica de opus caementicium o incertum en la parte inferior de la cámara y opus quadratum a partir de la cornisa, quedando la puerta en uno de los lados mayores; la cubierta se resolvía con una bóveda de medio cañón. El elemento más singular de la cámara sepulcral era una especie de cornisa o repisa moldurada sobre la que se habían colocado las urnas y ajuares funerarios. No está claro si la cámara funeraria era subterránea o si, por el contrario, estaba emergente, aunque lo más probable teniendo en cuenta otros paralelos cercanos, es que la cámara fuese hipogea a cuya puerta con arco se accedería a través de una escalera. De los contenedores cinerarios hay que destacar que esta tumba monumental no sólo ofrece el mayor número de urnas funerarias de la Bética sino también uno de los mejores ejemplos de la romanización onomástica del territorio peninsular. En su interior y colocadas sobre la repisa antes comentada había 14 urnas de piedra pertenecientes a miembros de una misma familia Pompeia. De ellas, 12 tenían grabado el nombre, en las 5 más antiguas los difuntos tenían onomástica peregrina y nombres indígenas, alguno de ellos claramente púnico, mientras que en las otras 7 la fórmula onomástica se había romanizado y sólo en algunos casos se conservaban antropónimos indígenas como cognomina. Esta tumba debió construirse en época augustea, durante los últimos decenios del siglo I a.C. fecha a la que deben pertenecer los enterramientos más antiguos, mientras que algunos de los materiales de los ajuares apuntan a una cronología más avanzada durante los primeros decenios del siglo d.C.

La necrópolis oriental se excavó parcialmente con motivo de la construcción del centro de recepción de visitantes del parque arqueológico. Se pudieron establecer dos grandes fases de uso, la primera en época altoimperial (siglos I-II d.C.) y la segunda, sin solución de continuidad, durante el período tardorromano (siglos III-IV d.C.). Al primer momento corresponden una serie de grandes tumbas monumentales y colectivas que tienen una cámara hipogea o semihipogea. La mayoría son de planta rectangular y dimensiones similares al Mausoleo de los Pompeyos, pues sólo una es de planta cuadrada y otra circular y todas disponen de loculi o nichos en las paredes para albergar las urnas cinerarias, de piedra o cerámica, con los restos cremados del difunto y sus ajuares. Estos “columbarios” muestran un número de nichos de pequeño tamaño que oscila entre 6 y 10, unas veces adintelados y otras rematados en bovedillas de lajas de piedra adoveladas.

En la segunda fase, correspondiente con el período tardorromano, se generaliza el rito de la inhumación como consecuencia de la implantación del Cristianismo. Las tumbas se distribuyen de forma, relativamente, ordenada dentro de la necrópolis formando hileras continuas a lo largo de un camino o vía secundaria. Los individuos se disponían en posición decúbito supino, es decir boca arriba, con los brazos y piernas extendidas y los brazos situados a los lados de las caderas o sobre el vientre. La orientación del cuerpo describe un eje noroeste-sureste, los pies se situarían al sureste y al cabeza al noroeste, mirando al este, con un claro sentido ritual. La mayoría no presenta ajuar, que a veces consiste en un simple anillo de bronce mientras que, en otras ocasiones, es más complejo como se ve en la tumba de mujer joven que tenía portaba cuatro brazaletes de bronce, anilla de hierro y cuentas de collar de pasta vítrea y cornalina. La cronología de estas tumbas de inhumación debe situarse en un periodo tardío, posiblemente, entre los siglos III y IV d.C.

Museo Histórico y Arqueológico Municipal

Horario de visita al parque arqueológico de Torreparedones.

(Estudios de Historia Extraordinaria) Rodrigo Amador de los Ríos

Los Tesoros del Rey Pompe

Hay en el término de la cordobesa villa de Baena ciertas ruinas interesantes, en las cuales se mezclan y confunden con restos de construcciones posteriores y modernas los de primitiva fábrica romana: son reliquias de una fortaleza ó castillo atalayero que prestó buenos servicios en la época de la Reconquista , y en cada uno de sus cuatro ángulos se alzaba robusta erguida torre. Socavadas ya en sus cimientos, amenazan tres de ellas derrumbarse, mientras la cuarta aparece derruida por completo. Identificado por unos con el Castro Prisco romano, y con Ituci por otros, lo que de la fortaleza subsistía llamóse Castro el Viejo, hasta que, por piadoso error, fué en aquel sitio durante el siglo XVII construida la ermita consagrada á las santas mártires oscenses Nunílo y Álodia, á quienes supusieron nacidas en tal paraje. Desde esta ocasión dio el vulgo á las ruinas el poético nombre de Torres de las Vírgenes, por las dos mencionadas, como apellidó también de las Vírgenes el cortijo en que estaba enclavado lo qué fue castillo.

La curiosidad ó la avaricia de un muchacho descubrieron allí, el 16 de Agosto de 1833, la cripta sepulcral de la familia Pompeia, cámara mortuoria fantásticamente iluminada por los tenues amarillentos resplandores de funeraria lámpara, la cual, colocada en uno de los ángulos del aposento, y encerrada en ancho recipiente de plomo, velaba aún tenue y perpetua, al decir del inventor, las cenizas de los Pompeyos, guardadas en catorce urnas diferentes, aunque de forma análoga y sencilla, todas con su correspondiente indicativo epígrafe.

La fama de tan inesperado como notable descubrimiento avivaba en la fantasía de los campesinos no dormidos ni olvidados anhelos; y con el de hallar los tesoros ocultos en las referidas torres, diéronse valientemente a excavar y destruir en ellas, buscando afanosos ó impacientes los caminos para penetrar los secretos que aun guardan, sin miedo á que la fábrica se derrumbase, y alentados por la frecuencia con que en realidad el acaso pone de manifiesto amonedadas riquezas, unas veces escondidas por los romanos, como patentiza el tesoro encontrado en los Llanos de Vanda, cerca del sitio en que definitivamente lucharon César y Pompeyo, otras por los musulmanes y los moriscos, y por los judíos otras.

Para la gente andaluza que en el campo habita no hubo allí otra, sin embargo, que la de los moros en lo antiguo, y á los moros achacan y refieren cuanto en el campo ó en las entrañas de la tierra encuentran ó esperan encontrar, y que les ha sido revelado en sueños, ó por listas echadoras de cartas, ó por sabias cual la famosa de Bujalance, ó por medio de recetas, que es lo más seguro y cierto, conseguidas de algunos de tantos moros trashumantes y más ó menos auténticos como por las comarcas andaluzas aparecen, previa la entrega anticipada de cierta cantidad en que el mahometano vende generalmente su secreto.

«Irás á castro el río, que es tierra de córdova —dice uno de aquellos singulares documentos, referido al año 1615 y que recuerda algunos de los cuentos de las Mil y una noches,—y Preguntarás Por el camino que va á la dicha ciudad; y [allí] Preguntarás Por la fuente de los albercones, que está tres cuartos de legua del lugar; á la mano izquierda del camino descubrirás los albercones, llegarás á la fuente, quitarás el agua Por donde más bien te Pareciere, y desaguarás el albercón y quitarás siete ú ocho ladrillos sobre la mano izquierda; hallarás una Puerta, atapiada con un betúmen muy fuerte, que es hecho con sangre do vaca y Polvo de ladrillo, y guijas, y cal; este betúmen es muy fuerte de romper, Por [lo] que quiere más maña que fuerza, y después de esto no entrarás dentro en la cueva hasta que Pasen veinte y quatro horas, Porque te causaría muy gran daño; en saliendo el aire y vaPor, que hayan pasado las 24 horas, entrarás Por la cueva adelante cosa de treinta ó quarenta Pasos, hallarás una Puerta con dos figuras que tienen dos tiros de bronce; no temas, si no entra, quo no te Pueden hacer mal ninguno; hallarás una quadra con grande lumbre[1]; tiene de ancho y largo treinta y dos Pies; en el medio della hallarás una messa de marfil con quatro Pilares de alabastro; ésta tiene encima dos coronas, una imperial, y otra real, y un cetro que tiene una Piedra por remate, que á la lumbre della se pueden aSmar quinientos hombres en la obscuridad de la noche; y á la redonda de la quadra, sobre unos Poyos, están siete cofres ó cajones, los tres de seis Palmos de largo y tres de ancho y alto, y los quatro á siete Palmos de largo y quatro de ancho y alto; éstos están llenos de zequies de oro; á un lado de la quadra hallarás tres gradas, subirás por ellas, hallarás una alhacena ó almario con tres candados muy fuertes, abrirlos as, que allí están las llaves colgadas, y allí está la bajilla del rey Almanzor, y todo el servicio de su casa de Plata y oro.»

El escritor de quien copiamos la anterior receta[2], la cual suele ir acompañada á veces de un plano, y en ocasiones, según popular tradición, ha producido pingües resultados[3], nos ha referido que con motivo de reconocer y de estudiar las Torres de las Vírgenes, fue allá desde Baena, acompañado por un campesino de Valenzuela, conocedor del terreno, quien sospechando buscaba el tesoro en dichas Torres escondido, hubo de decirle sentenciosamenté de esta manera:

«No se canse usted en buscar nada fuera de las murallas del castillo. Los tesoros del Rey Pompe están dentro de ellas, y allí hay que buscarlos; pero es necesario horadar de fuera á dentro, pues de otro modo no han de hallarse, porque hay que retirarlos luego, saliendo de dentro á fuera. La hora no ha de pasar de la salida del sol hasta las tres de la tarde: luego no se logrará nada, por más que usted se empeñe. Tampoco podrá nadie dar con el tesoro, si no viene con uno de mi familia, que es la que por virtud especial tiene esa gracia, según dice la sabia de Bujalance, pues mi familia viene soñando hace tiempo con ese tesoro, y particularmente mi madre.

»Cuando aquella gente se tuvieron que ir de aquí—prosiguió,—el Rey Pompe mandó á sus tropas que marcharan sin quedar uno, y se quedó solo con su cuñado para enterrar sus tesoros en los sótanos del castillo, sin que nadie pudiera verlos, ordenando que volvieran después á buscarle á él y á su cuñado; pero no volvieron, y ellos no pudieron salir de los sótanos donde se habían metido, y donde se quedaron y están penando al cuidado de sus tesoros, que son muy grandes, y están en un arcón, lleno de monedas de oro del tamaño do medios duros, en otro, repleto de barras de oro y plata, como de media vara de largas, y en una alhacena, que guarda la corona del Rey Pompe, de oro fino, cuajada de piedras preciosas, con otras muchas alhajas. Yo he visto todo eso—añadió con la seguridad mayor del mundo—como lo veo á usted ahora, y lo he visto muchas veces en sueños.

»Sólo Dios sabe lo que he cavado aquí para encontrar la entrada de los sótanos; pero, amigo mío, el Rey Pompe y su cuñado están muy sobre aviso, poniendo siempre parábolas para extraviarme, y por eso no he sacado nada hasta la presente. ¿Usted no sabe lo que son las parábolas? Pues, hombre, son unas señales que aparecen debajo de tierra, como marcando por dónde ha de ir uno trabajando, y no tienen más objeto que el de confundir y hacer perder el tiempo, la paciencia y el trabajo al que busca el tesoro. Unas veces son un pedazo de carbón ó de madera, otras un hueso, otras piedras colocadas con cierto aquel, y otras otra cualquier cosa….. »Y verasté: la sabia de Bujalance, que todo lo sabe —continuó animándose el buen hombre—, dijo una vez á mi madre que viniera sola con mi padre aquí al amanecer un día, y así que llegasen, que se pusieran los dos mirando á la torre principal con mucha atención, antes de que el sol saliera, y que cuando el sol diera la primer gofetá en la torre, les harían desde ella una seña, que les diría en que sitio está la entrada para encontrar el tesoro. «Vinieron como les había dicho, y yo, con otro hermano mío, nos quedamos allá abajo esperando, mientras ellos se pusieron á mirar la torre, que no apartaban por nada los ojos de ella; y apenas dio el sol la primer gofetá en la torre, desde lo alto cayó una piedra, que vino rodando por el suelo, hasta quo se paró en un sitio… Mi pobre padre se hizo sin querer la gracia en los calzones, de puro miedo, y mi madre perdió el habla por un rato… Al fin, por señas y medio sofocados, pudieron llamarnos á mi hermano y á mí, y nos pusimos todos á cavar en el sitio donde la piedra había quedado, y allí cavamos todo el santo día hasta las tres de la tarde, sin encontrar cosa ninguna, sino parábolas y más parábolas que nos extraviaron. »Y, no crea usted; son muchos los que por estos pueblos y cortijos han visto en sueños los tesoros del Rey Pompe. En Valenzuela, el año pasado, los vió varias noches seguidas la mujer de un zapatero, hombre algo incrédulo, pero que, convencido por ella, vino aquí en su compañía, y se puso á cavar, y así se llevó tres días; y como no estaba hecho á esta faena, amigo de Dios, se le llenaron las manos de borregas, que le chorreaban sangre. Aburrido de no hallar nada, volvió con su mujer á Valenzuela, convencido de que todo eran disparates y figuraciones. Días después se levantó la mujer una mañana, diciéndole que había vuelto á soñar con el tesoro, y que era señal de que debían volver á cavar en el castillo; pero el zapatero, en cuanto oyó lo de cavar, cuando aun tenía las manos en carne viva, le pegó dos gofetás á la parienta, que la volvió loca, y desde entonces ya no ha vuelto á soñar con el tesoro. »Como éste ha de ser para mí y los de mi familia un día ú otro, pues al fin hemos de acertar, yo he de arrastrar coche; y aunque me diera usted cinco duros diarios de jornal, no trabajaré con usted, si no es á la parte de lo que saquemos; y si usted lo hace por su cuenta, será todo inútil, y se cansará en balde no estando con usted yo ó alguno de mi familia, que somos los que tenemos la gracia como le he dicho.» Aparte del íntimo parentesco de estos soñados tesoros con los de la receta copiada, con los de Badolatosa, descubiertos fortuitamente y donde fueron halladas al decir de las gentes verdaderas riquezas y maravillas, de que se asegura conservan parte aún algunos vecinos, y con los de otras regiones andaluzas, la singularidad de referirlos á un Rey Pompe, forjado en la popular fantasía, obliga naturalmente á pensar si la tradición, que es á todas luces mucho más antigua, tomó este nombre con ocasión del descubrimiento hecho en 1833 de las urnas cinerarias de los Pompeyos, ó si refiriéndose á los preliminares de la batalla de Munda, lo cual es menos verosímil, alude á Creso Pompeyo, pues con motivo de la batalla referida, las gentes ocultaron sus riquezas, como demostró el descubrimiento de monedas verificado el año 1902 en los Llanos de Vanda. De cualquier modo es curioso observar cómo en el pueblo se amalgaman nombres históricos, que tienen, cual en las Torres de las Vírgenes ocurre, motivado arraigo, con sueños y quimeras, nacidos de la codicia, y fundados á veces en hechos ciertos, pues sabido es que, tanto los judíos al ser arrojados de la Península en 1492, como los moriscos al ser expulsados por Felipe II, escondieron sus joyas y sus dineros, unas y otros hallados al cabo de los tiempos, según lo prueban el tesoro de Mondújar en Almería, el de los Bérchules en la Alpujarra , y otros varios, de más ó menos importancia, sosteniendo así la tradición, y alimentando esperanzas como las del campesino de Valenzuela.

Rodrigo Amador de los Ríos, “El Rey Pompe”, La Ilustración Española y Americana, XIII, (junio, 1905), págs. 375-378.