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Contenido del Cancionero de Baena

Jesús L. Serrano Reyes, Antología del Cancionero de Baena, Baena, M.I. Ayuntamiento de Baena, 2000, pp. xxvii-xxxvii.

Sus tendencias poéticas. Crónica de una época

La importante labor de recopilación de Juan Alfonso de Baena consistió en recoger en su cancionero composiciones de los poetas que vivieron y escribieron durante los reinados de Enrique II (1369-1379), Juan I (1379-1390), Enrique III (1390-1406) y las primeras décadas de Juan II (1406-1454). Viene a ser una continuación del trabajo hecho por el infante portugués don Pedro, Conde de Barcelós, quien recogió en su Libro de canciones la poesía galaico-portuguesa desde sus orígenes hasta mediados del siglo XIV, y la legó a su sobrino el rey castellano Alfonso XI. Se puede afirmar, por tanto, que el Cancionero de Baena es, cronológica y estéticamente, una continuación de los cancioneros galaico-portugueses. A través de las poesías que se incluyen en él se puede observar cómo se va pasando de la influencia galaico-portuguesa a la provenzal, donde prima más la artificiosidad, al mismo tiempo que va apareciendo una corriente italianizante que hace que del modelo galaico-portugués sólo vayan quedando los ecos lejanos de las cantigas de amigo, el humor menos vivo de las cantigas de escarnio, que aparece ahora en los decires y reqüestas.

Las dos escuelas o tendencias poéticas principales que aparecen en el Cancionero de Baena son: la galaico-provenzal, que representa la corriente tradicional, y la alegórico-dantesca, que representa la corriente moderna, cuya influencia proviene de Italia. A la primera pertenecen los poetas más viejos, nacidos todos ellos a mediados del siglo XIV, ye representan la forma más conservadora de la tradición lírica galaico-portuguesa. En esta época se evidencia el triunfo de la poesía castellana sobre la gallega, aunque todavía son varios los poetas que escriben en gallego, y hay otros poetas que aunque se inclinan por el castellano usan galleguismos reiteradamente.[1] Estos poetas suelen usar los versos tradicionales de arte menor, y los géneros más usados son el serventesio, los decires y las repuestas o disputas entre poetas, el segundo de los cuales tenía que responder por las mismas consonantes empleadas por el primero; es decir, el poeta que responde debe usar en su poema las mismas rimas que usa el poeta que le ha dirigido una pregunta en su poema. Además había otro tipo de poesía dialogada, debate poético, llamado reqüestas,que tienen un carácter pripordialmente de escarnio y malediciencia. Entre los poetas de esa primera tendencia galaico-provenzal destacan Macías el Enamorado con algunas cantigas en gallego como Cativo de miña tristura (84), Alfonso Álvarez de Villasandino,  predilecto de Enrique II y Juan I, el Arcediano de Toro, el mismo Juan Alfonso de Baena, quien por ser admirador de esta tendencia, incluye un buen número de poetas de la escuela galaico-provenzal. Los poetas que pertenecen a la segunda tendencia, llamada alegórico-dantesca o italianizante, escriben todas sus composiciones en castellano y usan preferentemente la copla de arte mayor, que consiste en una estrofa de ocho versos dodecasílabos.[2] López Estrada (1970: 228), al referirse a las complicadas elaboraciones estilísticas, que recuerdan en arte la decoración mudéjar, ha observado que: “esta poesía fue siempre un alarde de técnica, una cuidadosa elaboración de metros y estrofas en la que las dificultades eran prueba de virtud creadora, un exagerado juego de la inteligencia”. Todos los poetas de la escuela italianizante que figuran en el Cancionero de Baena son jóvenes, andaluces y sevillanos. Francisco Imperial fue el primer poeta italianizante oriundo de Géneva, pero residente en Sevilla; a él se debe la introducción del gusto italiano y la devoción por Dante. Sus obras más destacadas son el Decir de los siete planetas, compuesto con ocasión del nacimiento de Juan II y, sobre todo, el Decir de las siete virtudes, en el que las estrellas, convertidas en doncellas representan las virtudes teologales y cardinales que explican, cantando, sus atributos. También es un poeta destacado de esta corriente el converso sevillano Ferrán Manuel de Lando, de quien existen treinta una composiciones en el Cancionero, y que suele tener como contendientes a Villasandino y a Juan Alfonso. Hay que mencionar en esta tendencia a los hermanos Diego y Gonzalo Martínez de Medina, el primero por su Decir contra el amor mundanal y el segundo por ser cultivador de la sátira moralista y política, a través de versos cargados de mordacidad.  

En el Cancionero de Baena hay 576 composiciones de cincuenta y seis poetas. Sin embargo, hay que decir que algunos poetas muy destacados del siglo XV, como el Marqués de Santillana, no se incluyen en él o están escasamente representados. Esta objeción no debe llevar a pensar en un defecto de tan ingente obra, pues hay que considerar que Juan Alfonso en 1435 había fallecido, tal y como los documentos que ha exhumado Nieto Cumplido demuestran, y que las obras más importantes del Marqués de Santillana las escribe después de esa fecha. Tal y como apuntan Ingrid Bahler y Katherine Gyékényesi Gatto (1992: 4) “the Cancionero de Baena is of special interest for its completeness and variety of content. It is not only contains compositions of two generations of poets, from the earliest Galician-Portuguese cantigas to the complex allegories and learned preguntas and respuestas, documenting the period of transition with its conflicts, but also reveals a literary theory and critique that antedate the Marqués de Santillana's Prohemio al Condestable de Portugal”.[3]

De todos los poetas incluidos en el Cancionero solamente  Alfonso Álvarez de Villasandino es destacado como el “maestro y patrón” del arte de la poesía, mientras que el resto de los poetas es tratado de forma genérica, ya sea  como “frailes y religiosos, maestros en teología, y caballeros y escuderos, y otras muchas y diversas personas sutiles”. Hay, por tanto, dos grupos de poetas: los pertenecientes a la nobleza y los pertenecientes al clero, aunque hay “otras e diversas personas sutiles” entre ellos.        

Los diferentes tipos de composiciones (cantigas, decires, preguntas, procesos, reqüestas) representan la variedad de géneros que se incluyen en el Cancionero. Por lo general, los poetas aparecen con sus composiciones agrupadas en tres secciones: cantigas, decires, y preguntas y reqüestas. El mismo Juan Alfonso de Baena en el llamado Anteprólogo  (p. 3, líneas 3-8) las enumera y las califica:

En el cual libro generalmente son escritas y puestas y asentadas todas las cantigas muy dulces y graciosamente asonadas de muchas y diversas artes, y todas las preguntas de muy sutiles invenciones, fundadas y respondidas, y todos los otros muy gentiles decires, muy rimados y bien escandidos, y todos los otros muy agradables y fundados procesos y reqüestas que en todos los tiempos pasados hasta aquí hicieron...

De todas formas, dada la abundancia de debates que Baena incluye en su colección, si las preguntas,[4] con sus correspondientes respuestas, se colocaran de forma consecutiva, la organización de las composiciones, agrupadas por autores, no llegaría a alcanzarse en la obra.       

Aunque, como ya hemos mencionado, Juan Alfonso se inclina por mantener la tradición de la poesía galaico-provenzal, y esto se nota no sólo en sus diatribas contra algunos representantes de la tendencia italianizante sino también en el mayor espacio reservado en su Cancionero para los poetas afines, ha de destacarse que los gustos literarios de la corte castellana del siglo XV están bien representados: la agudeza de ingenio, la inteligencia, la astucia y la agilidad técnica en el debate poético. Además de la variedad en las composiciones, que reflejan los diferentes gustos literarios, esta obra contiene una extraordinaria variedad temática. Además de los consabidos temas del amor cortés, como cabría esperar de una compilación de la primera mitad del siglo XV, encierra  alabanzas a la Virgen, a ciudades, y al rey; poemas al nacimiento o al fallecimiento de un rey; acoge también la poesía doctrinal de carácter moralizante, de tono grave, representada muy especialmente por Ferrán Sánchez de Calavera, poeta de la corte de Enrique III; y, asímismo asuntos religiosos, como la predestinación, la Trinidad (tan debatida entre judíos y conversos);[5] temas como la astronomía, la medicina, incluso la misma poesía y otros asuntos  mundanos,  a veces  tratados incluso con un lenguaje soez y vulgar. 

El Cancionero de Baena también refleja los acontecimientos sociales y políticos de la época tales como los torneos, celebraciones, el Compromiso de Caspe, la coronación de Don Fernando de Antequera, desgracias, fortunas y adversidades de personajes de la corte castellana, la disputa entre los Infantes de Aragón y don Álvaro de Luna, el caos reinante en Castilla y el abandono de la Reconquista, la liberación de Juan II en Tordesillas y el nombramiento de don Álvaro de Luna como Condestable de Castilla.

Esta obra no es sólo un reflejo del gusto poético de una época, sino también una crónica de hechos, costumbres y aspectos del vivir cotidiano que nos  revelan el mundo cortesano de la Castilla de los siglos XIV y XV.

Organización, partes y contenido del Cancionero de Baena

Anteprólogo o Dedicatoria[6]

Juan Alfonso de Baena dedica su Cancionero al rey Juan II de Castilla, siguiendo la práctica habitual de los escritores medievales. Esta dedicatoria comienza con el epígrafe en latín: “Unicuique gracia est data secundum Paulum relata”,[7] que tiene su fuente en un pasaje bíblico, tal y se solía hacer en esta ápoca. Juan Alfonso parece vincular esta gracia al hecho de ser poeta, lo cual lo distingue de los demás seres, pues hizo su recopilación “con la gracia y ayuda y bendición y esfuerzo del muy soberano bien, que es Dios nuestro Señor”.

El texto del Anteprólogo en el manuscrito está escrito en tinta roja,[8] para resaltar su importancia. Su contenido se divide en dos partes. La primera se inicia en “Aquí se comienza...” (p. 3, línea 1) y termina en “e relatadas sus obras de cada uno bien por estenso” (p. 4, línea 17). El autor revela el contenido de su recopilación: cantigas, preguntas, decires, procesos y reqüestas. Además, en esta primera parte hace alusión a los poetas que incluye en su trabajo, aunque nombrando únicamente al poeta mejor representado: Alfonso Álvarez de Villasandino. Los demás quedan nombrados por su quehaceres laborales: “y todos los otros poetas, frailes y religiosos, maestros en Teología y muy grandes decidores y hombres muy discretos y bien entendidos”. Promete a continuación que “por su orden en este dicho libro serán declarados sus nombres de todos ellos y relatadas sus obras de cada uno bien por extenso.”

La segunda parte, desde “El cual dicho libro...” (p. 4, línea 18) hasta el final “se aquí comienza” (p. 5, línea 47), la utiliza el compilador para declararse él mismo como el autor del libro y proclama los objetivos que con él pretende, que no son otros que los de servir al rey para que se entretenga él, sus damas y todos los demás de la corte. Las labores que conlleva realizar el trabajo las describe con los siguientes verbos: “hizo”, “ordenó”, “compuso” y “recopiló”, de donde se desprende una conciencia clara de autor-recopilador y de autor-poeta. El término “indino”, que escribe para referirse así mismo, se ha prestado a controversia, como ya se dijo,  por haber interpretado algunos estudiosos que quiere decir “judino”, mientras que otros opinan que se trata de “indigno” y que Juan Alfonso está usando el tópico de la modestia, tan extendido entre los escritores medievales. La intención de servir al rey es porque piensa que con su libro “se agradará y deleitará y holgará y tomará muchos comportes y placeres y gasajados”.[9] Este propósito de que el rey lo lea para su deleite lo hace extensible a la “Reina de Castilla, doña María”,[10] a sus “dueñas y doncellas de su casa”, al “príncipe don Enrique”,[11] y “todos los grandes señores de sus reinos e señoríos, así los prelados, mariscales, doctores, caballeros y escuderos, y todos los hidalgos y gentiles hombres, sus donceles y criados y oficiales de la su casa real”.

Siguiendo los postulados de la poesía provenzal, de la que ya hemos dicho que Juan Alfonso es seguidor, se puede entender que la idea de que su trabajo sirva como entretenimiento va más allá de lo que entendemos hoy en día como diversión. Existía la creencia de que el hombre con el alma feliz era un receptor de la virtud, mientras que un hombre triste tenía un estado espiritual propicio para el pecado. La jovialidad era condición indispensable para la salvación. Así podemos observar cómo Juan Alfonso, al dirigirse al rey, le dice que con su lectura tendrá “reposo y descanso en los trabajos y afanes y enojos”, y también “desechará y olvidará y apartará y tirará de sí todas tristezas y pesares y pensamientos y aflicciones del espíritu.”

Debemos añadir, para terminar estas notas, un aspecto más que  encontramos al final de este Anteprólogo: Baena especifica que el libro está preparado para leerlo o para escucharlo; y así se refiere a “leyentes y oyentes”, a la vez que utiliza los verbos “ver y oír y leer”. De esta forma, su trabajo podía ser leído por una persona para sí misma o en voz alta para otros, costumbre medieval muy extendida. La terminación del Anteprólogo también es en latín:” Johanes Baenensis homo/ vocatur in sua domo”.[12]          

Prologus Baenensis

Con este epígrafe en latín con que se abre el Prólogo, Baena estampa su firma. Es la exaltación de su trabajo. Puede dividirse en dos partes. La primera va desde “Según que disponen” (p. 7, línea 1) hasta “muy sabios e provechosos ejemplos, como sobredicho es” (p. 12, línea 175), y en ella se recoge la explicación de las razones por las que el poeta ha hecho su libro.

Comienza con una máxima, siguiendo la costumbre retórica de citar a las autoridades para apoyar las propias argumentaciones:

“Según que disponen y determinantemente afirman los filósofos y sabios antiguos, natural cosa es amar y desear y codiciar  saber los hombres todos los hechos que acaecen en todos los tiempos, tan bien en el tiempo que es ya pasado, como en el tiempo que es presente, como en el otro tiempo que es por venir”.[13]

Nos encontramos aquí con Juan Alfonso de Baena como recopilador consciente de su trabajo penoso y difícil pero importante, porque está hecho para ser legado a los tiempos venideros. Así vemos cómo partiendo de la idea de que “tuvieron los sabios y entendidos el saber por gran tesoro y apreciáronlo mucho sobre todas las otras cosas, y tuvieron por luz para alumbrar a sus entendimientos y de todos los otros que lo supiesen, dejándolo todo en memoria y por escritura”, Juan Alfonso se considera en la obligación de “ordenar y poner por escrito” todos los poemas que pudiese para “que los supiesen todos los hombres que habían de venir”. A nosotros, lectores de esta Antología también se está refiriendo Juan Alfonso cuando dice que “todos los hombres son adeudados de amar a todos aquellos que lo tal hicieron y ordenaron, pues que sabrán por ellos muchas cosas que no supieran por otra manera”. De todas estas palabras que el autor emplea para justificar su trabajo de recopilación se desprende la idea de que la escritura es algo sagrado, algo capaz de transmitir el saber y poner en contacto no sólo unos hombres con otros, sino unas épocas con otras. La lectura es algo comparado a “los muchos y diversos y preciosos manjares”. “Leer y saber y entender” son las actividades destacadas sobre otros entretenimientos como “lidiar toros, jugar a la ballesta, a la flecha, a la pelota”, “ajedrez”, “dados”, “cazando con halcones”, etc.

La segunda parte comienza en “Y por cuanto a todos es cierto y notorio” (p. 12, línea 176) y termina con el final de “de todas buenas doctrinas...[es doctado]” (p. 13, línea 202). En ella se defienden los contenidos del libro fundamentándose en la definición de la gaya ciencia, de la cual hemos citado ya palabras textuales de Juan Alfonso de Baena, sacadas de este Prólogo.  El arte de la poesía  es  un don divino (“por gracia infusa del Señor Dios”) para un grupo de elegidos con un “tan elevado entendimiento y de tal sutil ingenio” que se forje y se nutra de “muchos y diversos libros y escrituras”: la poesía cortesana. Una poesía que  además de estos requerimientos comporta otros,  como  haber recorrido “cortes de  reyes y grandes señores”, lo cual apunta al mecenazgo de los artistas, propio del Renacimiento. Y a estas características que debe reunir un poeta para usar esta “gaya ciencia”, se añaden otras muchas, como la de ser “hidalgo, cortés y mesurado y gentil y gracioso”, que va enumerando Juan Alfonso hasta el final de su prólogo, el cual en la copia del manuscrito que conocemos aparece inacabado por faltarle un folio. 

La Tabla

Tras el Prologus Baenensis aparece una Tabla o índice que se supone recoge a los poetas en orden de aparición en el Cancionero. El objetivo de esta Tabla lo establece el propio Juan Alfonso en su encabezamiento:

Esta tabla es de los decidores que están en este libro, la cual se puso aquí, al comienzo de él para que el dicho señor Rey y las otras personas que la leyeren hallen por ella más aina[14] las cantigas o decires que les agradare leer.

El único códice que se conoce, sobre el que trataremos más adelante, y en el cual se basan todas las ediciones del Cancionero de Baena, no se corresponde con el original que debió escribir y entregar Juan Alfonso de Baena a don Juan II. Entre otras razones, que expondremos más adelante, está la que concierne al incumplimiento del orden de la Tabla en el códice parisino que, como veremos, se trataría de una copia tardía del original, no corresponde con el contenido del libro. Es cierto que la Tabla del manuscrito parisino es la que debió tener el original. Para hacernos una idea del desbarajuste citamos las palabras de Dutton y González (1993: xxi): “habría sido para que el monarca castellano mandara a galeras a un escribano que le dedica un poemario cuya Tabla o índice no sólo no le facilita la búsqueda de lo poemas sino que se la entorpece alterando la secuencia de las series y omitiendo el número de las ‘fojas’ en que deberían estar copiados los poemas”. Pero ya hemos dicho que se trata de una copia con algunas incorrecciones con respecto al original.

Según la Tabla, Juan Alfonso ordena los poemas con arreglo a un criterio de autor, disponiendo en primer lugar las obras de Álvarez de Villasandino, agrupadas en cantigas, preguntas y decires; a continuación le siguen diecisiete poetas, con decires, salvo las del Arcediano de Toro y Macías, que están distribuidas en decires y cantigas; al final están colocadas las del propio Juan Alfonso, distribuidas en resqüestas, preguntas y decires generales y los decires de los Reyes que fizo el dicho Juan Alfonso. Sólamente diecisiete de los cincuenta y seis poetas incluidos en el Cancionero aparecen listados en la Tabla.

Las Rúbricas

Lo que denominamos rúbricas o epígrafes son aclaraciones que a modo de explicación hace Juan Alfonso a los grupos de poemas de un autor y a los distintos poemas individualmente, y están situadas al frente de cada composición. El nombre de “rúbrica” procede de la acción de rubricare o minare, del término miniun, “bermellón”, “rojizo”, de donde “rubricar” o “miniar” es poner en rojo o en colores para embellecer o destacar. Esta práctica de “miniar” era muy común en los textos medievales, sin embargo, pocos son los cancioneros que contienen rúbricas. Las que aparecen en la obra llevada a cabo por  Juan Alfonso son además, siguiendo a los poetas provenzales, bastante elaboradas. Suelen incluir datos biográficos de los poetas, el nombre de la persona a quien va dirigido el poema, alguna explicación histórica, comentarios críticos y, en el caso de las preguntas y respuestas, el asunto más importante de la disputa aparece sintetizado. De los 576 poemas veintiuno carecen de rúbrica, once tienen rúbricas explicando aspectos biográficos del poeta y de su obra, y 563 contienen rúbricas con explicaciones específicas de los poemas que introducen. Como ejemplo, citaremos el que hace de Garci Fernández de Gerena, donde se alude a un hecho biográfico que es, además, el único epígrafe que presenta a un autor con un aspecto negativo:

Aquí se comienzan las cantigas y decires que hizo y ordenó en su tiempo Garci Ferrández de Jerena, el cual por sus pecados y gran desventura enamoróse de una juglaresa que había sido mora. Pensando que ella tenía mucho tesoro y además porque era mujer vistosa, pidiola al Rey y diósela, pero después se encontró con que no tenía nada.     

Las rúbricas que anteceden a cada poema comienzan de tal manera que ya clasifica el tipo de composición de que se trata: “este decir,... esta cantiga,” etc. En algunas, en las que se omite el nombre del poeta, Juan Alfonso trata de clarificarlas con “dicen que “ o “esta cantiga ... dicen que hizo el dicho Alfonso Álvarez”.



[1] Puede leerse Rafael Lapesa, “La lengua de la poesía lírica desde Macías hasta Villasandino”, Romance Philology, VII (1953), pp. 51-59.

[2] Léase H. R. Lang, “Las formas estróficas y términos métricos del Cancionero de Baena”, Estudios in Memoriam de A. Bonilla y San Martín, Madrid (1927), I, pp. 485-525.

[3] El Cancionero de Baena tiene un interés especial por lo completo que es y por su variedad de contenido. No sólamente contiene las composiciones de dos generaciones de poetas, desde las cantigas galaico-portuguesas a las complejas alegorías y preguntas y respuestas eruditas, que documentan el período de transición con sus conflictos, sino también revela una teoría y crítica literaria que es el antecedente del famoso Prohemio al Condestable de Portugal del Marqués de Santillana.”

[4] Sobre el tema de las preguntas léase el interesante trabajo de José J. Labrador Herraiz, Poesía dialogada medieval. La pregunta en el Cancionero de Baena. Madrid: Maisal/Ediciones Porrúa, 1974.

[5] Sobre el tema de la predestinación puede leerse Charles F. Fraker Jr., “The Theme of Predestination in the Cancionero de Baena”, Bulletin of Hispanic Studies, 51 (1974), pp. 228-249. Del mismo autor y que tratan el mismo tema son también  interesantes: “Prophecy in Gonzalo de Medina”, Bulletin of Hispanic Studies, 63 (1966), pp. 81-97; Studies on the`Cancionero de Baena, Chapel Hill: University of North Carolina Press, 1966. Hemos de agradecer al Profesor Fraker su correspondencia y el envío de sus artículos, así como su información sobre el Cancionero de Baena.

[6] Dentro de nuestra selección de textos incluimos completos el Anteprólogo y el Prologus Baenensis.

[7] A cada uno le es dada la gracia/como dice San Pablo”. Esta cita proviene de Efesios, 4,7. Sobre los tópicos y la retórica, en la que Juan Alfonso también estaba versado, puede consultarse E. R. Curtius, Literatura Europea y Edad Media Latina, 2 vols. Madrid: Fondo de Cultura Económica, 1976, p 129 y ss..

[8] Nótese la portada de esta Antología que recoge parte de la hoja facsimilar del Anteprólogo del Cancionero de Baena de la edición de Eugenio de Ochoa de 1851.

[9] “Comportes” significa “diversiones”, y “gasajados” es  “satisfacciones”.

[10] María de Aragón, su  primera mujer.

[11] El futuro rey  Enrique IV (1424-1474).

[12] El hombre Juan de Baena/así es llamado en su casa.

[13] Esta cita está sacada del libro de Aristóteles Parva Naturalia, que en la Edad Media estaba en latín bajo el título de De Memoria et Reminicentia. Sobre este particular puede leerse a Wolf Dieter Lange, El Fraile Trobador. Frankfurt: Vittorio Klostermann, 1971, p. 84.

[14] Pronto.

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